“El Rifante era un marinero que ganaba mucho dinero que en su bolsillo se guardaba como el agua en una criba”.
(Alfonso D. Rodríguez Castelao. Escritor gallego. Del relato O Rifante en Cousas)
Enrique RAMOS CRESPO
Dos noticias de los últimos días me han recordado este introito del cuento O Rifante que Castelao escribió como una metáfora de las gentes de la mar, esforzadas y bravas en el agua, pero que a menudo en tierra eran manirrotas y gastadoras acaso porque su sustento era tan arriesgado que preferían vivir el momento mientras pudieran.
Nuestras administraciones gastan con un criterio a menudo manifiestamente mejorable. Y en este caso, no porque su vida sea arriesgada (no es probable que un comando de Trump venga a extraer al presidente de la Diputación o al de la Junta para ponerles un mono naranja en un penal norteamericano, aunque hay días que razones no faltan), sino porque la “pólvora del Rey”, desde bastante antes del Gran Capitán, se derrama con generosidad desorientada.
La primera de las cosas que me ha llamado la atención es la enésima matraca con los vuelos del aeropuerto de León. ¡Vuelos al extranjero! ¡Terminal de cargas! ¡Dos huevos duros! El mercado persa en que hemos convertido el universo aeroportuario español viene, precisamente de ese gasto descontrolado de las administraciones: un aeropuerto para mi pueblo y otro para el de al lado; que no se diga. El de León viene de aquellos polvos. Más de dos millones de euros al año, dinero de todos los leoneses (de la provincia, porque el ayuntamiento de la capital se salió del invento ya hace años) nos cuesta mantener esa ficción aeronáutica. Tan ficcionada como la de Valladolid, Salamanca, Burgos, Lleida, Huesca, Castellón…. Pero queremos seguir teniendo aviones a Barcelona casi todos los días y a media docena de destinos vacacionales en verano algunos días de la semana. Y aquí llega la gran paradoja: el dinero de todos se está dedicando ¡a mandar a la gente fuera! Negocio redondo, sí señor. Como si fuéramos muchos.
El invento de los “aeropuertillos” llegó de la mano de esas compañías de bajo coste, aeronáutica corsaria, que convencieron a autoridades regionales de que sus aeropuertos a los que no volaba nadie, eran interesantes y así captarían visitantes, turistas, economía…. Fueron aquellas épocas de principios de este siglo cuando se publicitaba Girona como Barcelona Norte y Reus como Barcelona Sur; Murcia como Alicante Sur; Ciudad Real como Madrid Sur y Bratislava como Viena Este. Los piratas del aire cobraban de la Junta por despegar de Valladolid y del gobierno regional de Valonia por aterrizar en Charleroi; vendían pasajes a cinco euros, porque el coste del viaje con su beneficio industrial había salido de la subvención, y billetes de autobús a doce para llegar en 40 minutos de Charleroi a Bruselas, que era donde realmente íbamos todos. La UE empezó a poner trabas a esta manera de inflar tráficos aeroportuarios con el doping del dinero público al tiempo que las administraciones dopantes se empezaron a dar cuenta de que estaban pagando a Ryanair o a EasyJet para que los viajeros que iban a ser el maná turístico de su región acabasen en la de al lado, que era donde querían ir realmente.
Pero como a León las cosas llegan tarde, seguimos picando con el escoplo que no es en la piedra de la que no sale nada. Aquí pagamos no ya para que nos engañen y teóricamente vengan gentes de más allá de nuestros límites a gozar de Gaudí, del cocido maragato, las mantecadas, la cecina y nuestros hoteles: directamente pagamos a las aerolíneas para que la cazurrería veraneante llegue más rápido a Palma o a Tenerife.
Pero persistimos; y sigue habiendo cegatos que usan de arma política arrojadiza la pantomima esta de los vuelos que en lugar de traer gente, se la lleva. Propio de nosotros.
La otra buena, buena, es la del Club de los Sesenta. Aparece la vicepresidenta de la Junta con ese tono recitativo y monocorde que recuerda a un niño leyendo la presentación de la obra escolar de teatro y cuenta que entre las más de 28.000 plazas con que la Junta financia estos viajes habrá la posibilidad de conocer ¡Japón! Me pinchas y no sangro.
El club de los 60 es una emulación, para mal, de los viajes del IMSERSO. En los años 80, el Gobierno tuvo la idea de ofrecer a una gran masa de población que no tenía obligaciones de fechas por motivos laborales y/o familiares para coger sus vacaciones, estancias a precio de coste en temporada baja en destinos de alta demanda en temporada alta. Con la misma filosofía, más adelante, llegó el termalismo social que, además, ofrece un plus teóricamente terapéutico a personas que están en edad de necesitarlo. La idea era que con la ayuda del Estado, los hoteles, casi siempre de costa pero no solo, se llenaban de jubilados; de lo contrario, cerrarían y sus empleados se irían al paro unos meses. Así, al menos, se cubrían costes y se mantenía una actividad, menos rentable pero sin pérdidas esperando a hacer “el agosto” en el periodo ordinario de negocio del estío. La idea puede ser cuestionable, pero recircula el dinero público dentro del país.
Sin embargo, en la Junta, son mucho más listos: vamos a mandar a nuestros sexagenarios a ver mundo ¿Qué mundo? Todo el mundo, cuanto más lejos mejor. El que tenga tres mil eurazos para cruzar el globo camino de Japón (o mil para un crucero por el Danubio), se va a beneficiar del dinero público que le va a minorar en un porcentaje variable el coste de estas vacaciones. Oiga ¿ha mirado si puede pagárselo sin la muleta de lo público si quiere hacer esos viajes tan exóticos para dejarse su pensión allende nuestras fronteras? ¡Uf! Qué pereza, amigo. Nosotros somos la Junta; no estamos para eso. Además, estamos de rebajas preelectorales. Algo rebañaremos.



