Juan José Alonso Perandones – La Tolva
Cuando nuestros hijos son pequeños nos duele y tranquiliza ver en criaturas tan indefensas la inyección de las vacunas, antídoto ante futuras enfermedades. Aina Wifalk, que nació en la ciudad catedralicia de Lund en 1928, perteneció a una generación que no llegó a ser amparada contra la poliomielitis. Si en nuestra plena juventud el pernicioso poliovirus se hubiera apoderado de nuestro sistema nervioso y ocasionado una irreversible parálisis total o parcial, probablemente hubiéramos perdido el ímpetu por luchar, por vivir. Pero la estudiante de enfermería sueca no se arredró con el alojamiento en su cuerpo, a los 21 años, de tan cruel huésped y dedicó los años de su corta vida a crear y fomentar un sistema asociativo para facilitar la existencia a cuantos sufrían problemas de movilidad. El uso continuado de muletas, para ella y para miles de personas llegaba a lesionar los hombros. Inspirándose en los carritos en los que veía transportar los libros de sus queridas bibliotecas, ideó un genial y sencillo invento: el andador. Como en otras ciudades, en la nuestra, al principio la gente se cohibía, pero hoy forma parte del paisaje andarín de nuestras calles, y abunda en las residencias. Un invento que legó libre de patente; que auxilia y acompaña. No en vano poco antes de morir a los 55 años, Aina nos dejó una fotografía, erguida, con elegancia: la lograda con amplia sonrisa, común vestimenta y andador.



