Pasando el puerto – M. A. Macía
Estaremos todos de acuerdo en que el actual mandato de Trump alcanza niveles de rabiosa notoriedad. Valga rabiosa en su doble acepción: bien sufriendo las consecuencias o alentando la desproporción. Coincidiremos en que pocas veces se había logrado dominar el debate público con la repercusión en los medios de forma tan ruidosa como ahora. Pocas veces se habían superado los límites del asombro de forma tan repetida, logrando incluso que la escandalosa propuesta de ayer parezca una niñería bajo el titular de hoy. La moderación y la reflexión, primas de la equidistancia, han perdido el vigor de otras décadas. Ahora prevalece el aspaviento, la exageración y el tiro alto sin desenfundar, del que Norteamérica es maestra. A diferencia de otras épocas, y ninguna virginal, en la trumpista se ha igualado el discurso con su presentación igualando la barbaridad que se propone con la barbaridad que se publica y, lo que es más preocupante, con la banalidad de su presentación. Ya es imposible distinguir la fuente oficial del meme y uno no sabe si el pelo o el bailecito son más relevantes que las votaciones en el congreso, si el amanecer anunciará una nueva ocurrencia o realmente este teatro forma parte de un plan loco destinado a lograr la permanente atención. Coincidiremos en que lo han logrado y en que aquí, tan tendentes al copieteo, ya vemos aspavientos similares con largas corbatas rojas. Pronto las gorras con lema y los bolis de un solo uso.



