Pasando el puerto – M. A. Macía
Si la señora Gudina levantara la cabeza y le diese por salir de ese lugar donde reposa podría volver a acostarse tras constatar que su legado se conserva con el mismo mimo que ella misma debió poner en crearlo. La mitad de su era hoy es chopera y jardín, aunque en astorgano se pronuncie parque sin pasar de sotobosque. Y la otra mitad, algo menos de un tercio en realidad, es campo de futbol desde que ese deporte alcanzó trono de rey. La señora Gudina distinguiría sus dominios como propietaria por seguir a la vera del Jerga y por la planicie de su forma. Cualquier otra similitud entra en el terreno de lo onírico. La señora Gudina, repito de levantarse, orgullosa oiría mentar su nombre día sí y día también cada vez que los aguerridos muchachos del futbol bajan a defender sus colores y el orgullo como embajadores de la ciudad. Aunque ya no queden ni las raspas de los últimos que cosecharon trigo en la era de la señora Gudina, cada día de partido pisan sus dominios y pronuncian su nombre más personas que las que nunca debió juntar en vida la yunta de vacas trillando marallos de cereal. Dar nombre al campo del equipo local que con tanto ardor lo defiende contra sol y nieve es suficiente para seguir durmiendo el sueño eterno. Ese del que nunca se despierta y del que en realidad nunca logrará levantarse mientras se siga invocando a la propietaria Gudina, la dueña de la era. La rara con pelo verde evidentemente.



