J.J.A.PERANDONES – La tolva
El sol al mediodía, estos días, es tan intenso que vela en misterio las vidrieras con orlas góticas, de las capillas del sur, en tanto las de Escarpizo, donadas por los Velado Graña, se nos ofrecen con la nitidez de la luz del norte, sobre el retablo de La Purísima de Gregorio Fernández. Hacia el exterior de esta capilla se alzan andamios para desterrar de entre sus arcos la humedad. En sus muros se guardan los restos de Santocildes y de Húsar Tiburcio, y enterradas las sepulturas de los obispos Juan Bautista Grau y Senso Lázaro. No es el de Grau, un sepulcro catedralicio más sino, dada su descripción integral en el “Episcopologio”, una obra singular, entonada con el enlosado que la circunda. Gaudí se socorrió de la piedra del palacio para la base de su suelo, a 3 m de profundidad, y sus paredes laterales, junto a dos piezas como cabecera y apoyo de los pies; una, con las inscripciones de la cruz, “Joannes”, y el año del óbito, 1893, y la segunda con R.I.P. La losa que cubre el sepulcro pesa 200 arrobas; destaca su diseño, así como la simbología esculpida: el crismón, con A y Ω, el escudo episcopal, las rosas, la sigla del descanso en paz; y tan solo su nombre y cargo, año y lugar del óbito, Tábara, con la petición “orate pro eo”. En el inmediato centenario merece ser ensalzado este sepulcro, en el que culmina la sintonía religiosa y artística, establecida entre el genial arquitecto y el obispo reformador.
