Pasando el puerto – M. A. Macía
La imagen del libro en blanco viene como anillo al dedo cuando, por esas convenciones tan nuestras de numerarlo todo, unas campanadas con uvas confirman el cambio de año. Un libro en blanco de grosor menguante conforme las hojas avanzan al ser emborronadas por esas miserias de cada día que, si se trascriben, parecen epopeyas sin serlo. Un libro en blanco con el veintiséis en el lomo y esa apariencia evocadora de cuando todo era escritura y llevar un bolígrafo en el bolsillo un arma salvadora. De cuando había imprentas en Ovalle y Prieto se esforzaba con el dedil de cuero cosiendo resmas y saltando sobre los fascículos que aún decoran las baldas de muchos salones. Cada cual irá dejando en ese libro las vivencias que le toquen porque así lo manda el vivir. Escribiendo en cada hoja el detalle de cada día con el esmero de los notarios y la paciencia puntillosa de los contables, como de hormiguita laboriosa que pasará a la posteridad por todo lo que hizo. Eso sí: sin olvidar jamás que hoy en realidad ya no se lee nada y que, andando el tiempo y pasando hojas, serán los cocos quienes se beneficien de tanto remar.



