J.J.A.PERANDONES – La tolva
No es usual este antiguo reloj, con el suave bamboleo de su esférico péndulo dorado, al que cada semana hay que dar cuerda. Tampoco son sus tiempos: la radio, la televisión, los telefonillos, artefactos varios opacan durante el día su tin-tan, no tan fuerte como el tic-toc, metálico y rasposo del reloj consistorial, pero bien perceptible bien adentrada la noche, cuando hasta la calle enmudece. Se corona sobre la esfera, en el copete, como otros de su época, con una placa esmaltada, en la que con elegante letra grabada se lee ‘tempus fugit’. Generaciones anteriores, en la sala o alcoba, además de escuchar el latido del tiempo cuando volvían sus ojos hacia la esfera, la anterior locución, cuyo origen es atribuido al poeta latino Virgilio, les advertía de que en tanto discurrían las bagatelas de su vida el tiempo corría inevitablemente. Cierto es: va subiendo por el oriente, cuajada la noche del santo Jerónimo, la luna llena, lorquiana, con su resplandor, pero en pocos días será menguante; hace una semana ha llegado ya otro otoño, oficialmente, pero sin su paleta de ocres, al menos a la Moldería, pues de sus árboles, por el estiaje al que los tiene sometidos Presarrey, se desprenden hojas blanquecinas y vuelan como papelillos de fumar. Tin-tan, tin-tan, ha enmudecido la noche, qué de provecho hacer, qué buen obrar, porque cierto es, el tiempo no se deja atrapar y huye cada vez más veloz, irremediablemente.



