PIEDRA DE AFILAR – Enrique Ramos
Una expresión tan usada como “mandar a hacer puñetas” tiene un singular origen en el acervo español: el fino encaje de las puñetas que rematan las mangas de las togas de las gentes de los mundos legales, durante siglos fue una labor de forzadas. Así, como a muchos hombres se les sentenciaba a remar en las galeras del Rey, a las mujeres se las solía condenar a talleres de encaje donde se elaboraban esas puñetas.
Cada vez que la justicia española descarrila, y lo hace bastante más que Renfe, siempre me acuerdo de esta curiosidad y pienso que quizás no era muy ético adornar a quien dicta la sentencia con el trabajo de la sentenciada.
La semana pasada me he vuelto a acordar del “teorema de las puñetas” cuando el ministro de Interior, que antes de serlo fue juez y volverá a serlo cuando se baje del coche ministerial, fue pillado en un colosal renuncio a cuenta de entrevistas que dijo no haber tenido la directora de la Guardia Civil con una imputada por corrupción. Posteriormente quedó acreditado que esas entrevistas habían tenido lugar.
¿Qué puede esperar el señor Grande-Marlaska cuando vuelva a enfundarse toga y puñetas? ¿Qué testigos, acusados, imputados y peritos le digan en algún momento la verdad? ¿O como hizo él?




