Del fanatismo a la barbarie hay un solo paso. Denis Diderot. Filósofo y erudito francés
Enrique RAMOS – Ilustración de CESARENE
Como muchos suponían, el presidente del Gobierno ha convocado elecciones para el próximo 29 de noviembre. Podríamos decir que se avecina una campaña electoral áspera y dura; pero no. Llevamos en campaña tres años por lo menos diciéndose de todo de una a otra trinchera, directamente y a través de emisarios. Esto es como la guerra de los Treinta Años. O más.
Las campañas electorales tienen, en realidad, mucho paralelismo con las guerras hasta el punto de compartir terminología: una campaña puede ser bélica y electoral y aunque también publicitaria, deportiva, cosechera… ese mercado persa en que se convierte la petición, a menudo mendicidad indigna, del voto popular, se parece más que nada a una militar: se enfrentan varios contrincantes, usan todos los medios a su alcance, se cobran muertos y, dependiendo del resultado final, también prisioneros, siempre hay daños colaterales, suelen ser caras y, por supuesto, como en toda guerra, la verdad es la primera víctima.
En esta campaña que se nos avecina, además, hay una novedad: un muerto. Y no es que las campañas electorales en España hayan carecido precisamente de esquelas: hasta bien entrado este siglo eran recurrentes atentados terroristas antes, durante y después de las citas electorales y todos recordamos uno especialmente sangriento por su magnitud cuando trenes de cercanías fueron objetivo de bombas llevándose por delante las vidas de cerca de 200 vecinos de Madrid en 2004. Pero esta vez la muerte no ha sido violenta, sino natural. Una octogenaria que había sido desahuciada del piso en el que vivía de alquiler generó una reacción en la calle respecto de la situación de la vivienda en España y ha acabado falleciendo en el hospital a los pocos días del lanzamiento de su domicilio. Y como en todas las guerras, en esta ya tenemos una mártir para uno de los bandos y “una menos” para el otro. La cosa está tan envenenada que antes de dar sepultura a la finada ya se ha tenido que oir y leer “la ha matado Pedro Sánchez para que le haga campaña” o “fondos buitres asesinos de Maricarmen”. Y si es verdad que los trajines del desahucio y el foco mediático a la señora le han podido acelerar el tránsito, no lo es menos que con 87 años y una salud quebrantada estaba más cerca del camposanto que de otro sitio.
Por si no era suficiente con este martirologio y para que todo recuerde a una guerra, hay en varias plazas de España tiendas de campaña como si esto fuera, efectivamente una campaña bélica con la infantería vivaqueando en el campo de batalla. Quechua y otras marcas que multicolorean las acampadas no son precisamente de aspecto mimetizado, pero la verborrea de sus consignas también se tiñe de belicismo “Maricarmen vive, la lucha sigue”.
Por si faltaban pocos aderezos en esta ensalada, en medio de la polvareda, vamos a tener una huelga general. Bueno, vamos… van. Convocada está, pero ni la manera ni las razones de fondo parecen convencer mucho al personal. Para darle barniz de legalidad, los sindicatos “de clase” como se llaman a sí mismos, aunque hay quien los llama clasistas, arrastrados por la presión de las acampadas, han decidido sumarse a la convocatoria. Incluso haciéndolo ellos y metiendo la morcilla de “por unos mejores sueldos”, puede ser cuestionable la legalidad de llamar a un paro general a la luz de la normativa vigente. Cuando no lo era de ninguna manera era cuando una plataforma, llamada a sí misma “sindicato” que agrupa a inquilinos hizo esa convocatoria, que según la ley española solo pueden formalizar sindicatos constituidos como tales, no un colectivo que se lo llame a sí mismo sin serlo.
El paralelismo con lo bélico ante esta campaña es inagotable: el presidente del Gobierno recuerda a aquellas fuerzas que, sitiadas, solo tienen la salida de la heroica y salir a romper el cerco porque prefieren sacrificar a los suyos que rendir la plaza
Como en las guerras modernas, también aquí hay munición teledirigida, al estilo de los drones. Hay quien está poniendo en cuestión el voto por correo. No deja de ser significativo que sean normalmente gentes que han ganado las anteriores elecciones. En todo esto, mi animal mitológico preferido, mi unicornio, es el nunca bien ponderado Núñez Feijóo. Sus últimas declaraciones son dignas de su predecesor Mariano Rajoy: “Yo fui presidente de Correos (directivo). No cuestiono a los carteros y el resto del personal, pero desconfío de los directivos” ¿Qué sabes y no nos cuentas, pillín?
Pero sobre todas las cosas, reina lo sucio; el deterioro social que en estos últimos cuatro años ha llevado a que la gente se insulte, deje de hablarse en las cenas familiares y una erosión de la convivencia en la que unos tienen bastante más responsabilidad que otros. Y quienes han cebado esa bomba de manera irresponsable quizás puedan encontrar calles en las que la campaña bélica que titula este comentario ya no sea una metáfora.



