Pasando el puerto – M. A. Macía
Hay cofradías con día asignado en la semana de gloria que lucen con natural orgullo su antigüedad en cuanto el confalón supera el dintel del cabildo. Dedican tiempo y dineros a mayor gloria de su estación de penitencia y son ejemplo de trabajo silencioso,sólo roto por las trompetas en cuando pisan asfalto. Son cofradías que aspiran a llenar la calle respetando el legado que recibieron. Y luego están las otras. Las que también trabajan en el mismo silencio y con el mismo ardor para que un frío día de enero se llene la plazoleta de ladridos y si se tercia algún cacareo. Son cofradías de barrio, más livianas. No tienen ropajes salvo el traje bueno de la fiesta gorda y, emulando a las grandes, sacan al pacífico de San Antonio -chiquito en su talla- en andas floridas desproporcionadas para el tamaño del santo pero minúsculas para el orgullo de quienes lo pujan. Dan una vuelta por la plaza y ese corto desfile construyen un puente imprescindible entre el ahora y el ayer. Cosen con la carraca de las ruedas numeradas la ilusión de siglos de hambre esperando que tocase el gocho y, en esa esperanza de cuatro dígitos -este año el 1964- cumplen con la tradición de las papeletas bajo las gafas de cerca. Además, son cofradías venerables y generosas en la abundancia del agua bendita para todos los bichos y mascotas. Quiera San Antonio que nunca desaparezca su cofradía ni se desalienten sus cofrades; aunque les ladren.



