J.J.A. PERANDONES – La tolva
En la tarde del sábado 9 un resplandor almidonado doraba las vidrieras del salón municipal, al escampar tras horas de copiosa lluvia. No son las únicas en la noble casa consistorial, y con el encanto de todas ellas, de sus imágenes singularmente filtradas en cada instante, Benito Escarpizo ha emplomado la historia, los símbolos de la ciudad y no pocos de sus comarcas. Recibía este ilustre cepedano, ilustre pues es raíz fecunda de su familia y de su tierra, el título de hijo adoptivo de Astorga, en compañía de los ediles y de muchos otros cuyos rostros transmitían la emoción de una vida con él compartida. Hay personas de gran valía que nacen, se curten y no abandonan su paisanaje, y van grabando con su labor una huella cada vez más profunda, que permanece en la memoria, y en lugares habitados, la calle, la iglesia, el colegio… En Escarpizo, a través de la docencia, del arte en múltiples texturas y formas, de la lucha por la preservación del patrimonio; de presentarnos en lienzos y murales la belleza de lo cotidiano, el pájaro común, las labores del campo, la naturaleza… Nos relató la peripecia de una vida, hasta ahora transcurrida, y, para despedirse, antes de partir para la soledad de su casa de Otero, un taller y hogar artesanales en los que late la etérea presencia de su esposa Adela, nos repitió que seguía, que estaba disponible. Es verdad: una vida, toda ella, para los demás, generosamente disponible.




