SIN PASIÓN – Eduardo Sáez
En “La hoguera de las vanidades”, Tom Wolfe hace que su protagonista, un exitoso profesional neoyorquino, acabe perseguido por la policía como un delincuente cualquiera. Le llaman “el gran acusado blanco”, que es como los agentes denominan a alguno de estos especímenes que caen en sus manos y son objeto de escarmiento público para que no se diga que la Policía solo persigue a “negros y latinos”
Me ha recordado a Marcos Martínez Barazón. Trece años después de salir esposado de su despacho de presidente de la Diputación, en el que sucedió a la asesinada Isabel Carrasco, el Supremo ha confirmado una sentencia que había emitido ya la Audiencia Nacional hace tres años, es decir, diez después de su detención.
Su “pena de telediario” ya ha pasado, su vida política está amortizada y ahora, trece años después, confirman que sí, que trincó. Sin embargo, unos empresarios mineros hace pocos días, salieron de rositas porque el tribunal invalidó las pruebas que pesaban contra ellos por fraude en el carbón. Por eso, Marcos Martínez es como el Sherman McCoy de Wolfe: prominente, pero pringado; importante, pero sin más respaldo de los suyos. Así, la justicia, esa serpiente que muerde antes los pies descalzos, se puede cebar en él sin contemplaciones al tiempo que dice “¿veis? También voy a por los políticos de todo signo”.



