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viernes, mayo 8, 2026

El holandés errante

Un viaje es como el matrimonio. La forma segura de estar equivocado es pensar que lo controlas. (John Steinbeck. Escritor estadounidense)

Enrique RAMOS CRESPO – Ilustración de CESARENE

La agenda mediática española, y de parte del resto del mundo, está teniendo en estos días un nuevo “top”: un buque crucero de bandera neerlandesa tiene a bordo declarado un brote de una rara enfermedad que la literatura científica define como Hantavirus. Como las viejas pestes medievales, parece ser que el vector son las deyecciones de ratas y como es una enfermedad descrita, pero muy infrecuente, no existe una medicina que la neutralice de manera efectiva. Lo singular, es que el personal ha empezado a volverse loco pensando que la enfermedad va a expandirse como el famoso coronavirus haciendo del barco una nave apestada.

Su pabellón y la falta de un puerto que le permita atracar recuerda al mito del Holandés Errante, aquel barco cuyo capitán había hecho un pacto con el diablo para ser el más veloz sin importar tempestades, pero a cambio había quedado maldito a no poder entrar a ningún muelle condenado a vagar por los mares hasta la eternidad.

Algo parecido le pasa al MV Hondius, un discreto trasatlántico que tiene el lujo “en las tripas” porque sus pasajeros visitan destinos especialmente exóticos y exclusivos como el santuario biológico universal de Tierra de Fuego, cerca de la localidad argentina de Usuhaia. En esta nave al alcance de tan pocos y con tanta pulcritud, resulta que se ha producido una nueva peste de las del siglo XII que ahora ¿nos amenaza? a todos. No consta que el capitán de la nave tenga como apellido Van der Decken, porque si así fuera tendríamos el combo completo de lo que Wagner convirtió en ópera y Washington Irving en cuento.

Más allá de la situación sanitaria provocada que en España, como con todo, se ha decidido enfangar de política, lo que llama la atención es precisamente que un barco al que accede gente finísima a desarrollar viajes carísimos para ver cosas exclusivísimas que casi no se ven ni en los documentales de National Geographic, haya aparecido una epidemia provocada por la caca de rata

Pedro Lazaga firmó allá por 1968 una película canónica de ese género que se dio en llamar “españolada”. Escogió a un elenco de lo más selecto en la época para satirizar lo que llevaba vendiéndose como la piedra filosofal del progreso nacional; “El turismo es un gran invento” pasó durante lustros al imaginario colectivo español no solo como un título cinematográfico, sino como una frase hecha cargada de polisemia. En la película, los jerarcas municipales de un pueblo aragonés en declive acudían a la Costa del Sol a copiar el modelo de dinamización económica que traían las suecas, el bikini y el sol (si donde está Paco Martínez Soria ponemos a Mañueco, las cosas no han cambiado tanto). En más de medio siglo el mundo ha evolucionado mucho y el turismo no iba a ser menos.

Ir a Torremolinos o a Benidorm es para el común de los españoles, vacaciones de clase obrera. Cualquier turista que desdeñe tal calificativo intitulándose a sí mismo de viajero, escarba en el atlas y en internet en busca de destinos exóticos para contarlo a la vuelta, aunque en el sitio sufra alojamientos infames, transportes de alto riesgo, sablazos sin cuento y, en el mejor de los casos, gastroenteritis. Pero vuelve contando que fue a Ruanda, a Madagascar o a Myanmar, sitios todos ellos que, cree él, lo convierten en Marco Polo delante de la familia, los compañeros de trabajo o los amigos, si es que los conserva tras el tercer viaje y sus narraciones.

Lo que le ha pasado a los turistas de tarjeta de crédito alegre del nuevo holandés errante no es más que un espejo de en lo que hemos convertido el mundo. Todos creen que pueden hacer de todo. El que pueda pagarse una expedición de 200.000 euros, con menos preparación física que para correr la 10k de Astorga, es capaz de subir al Everest respaldado por una legión de porteadores, cocineros y gentes que aseguran su bienestar. Lo bueno es que los cruceristas que ahora no tienen puerto que les quiera y los domingueros que hacen cola para tocar la cima del techo del mundo cuentan que están haciendo un viaje de aventura. Cada uno puede llamarle como quiera, pero mucha aventura no parece; como tampoco lo es moverte en un todoterreno bien pertrechado por el desierto del Kalahari y la sabana de Namibia esperando que salte delante del coche un impala perseguido por un guepardo. Si pasan muy rápido y no los ve, habrá quien pida repetición de VAR o que les devuelvan el dinero del viaje.

Porque, y eso es lo que nos diferencia a los actuales turistas de los viajeros de los de toda la vida, salimos de casa con una agenda de horarios de tren, autobús, avión, hotel, entrada a monumentos… milimetrada. A veces, casi siempre, algo se frustra y dependiendo de la tolerancia de cada uno y/o de la importancia que concedemos aquello a lo que no hemos llegado, somos capaces de entender que el viaje se ha arruinado. A los del barco holandés, con muertos, se les ha arruinado algo más. Ellos iban a ser turistas pero, efectivamente, han sido viajeros con el riesgo que conllevan los viajes ¿A que ahora ya no es tan bonito?

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