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viernes, julio 3, 2026

Elogio del soplón

Quien hoy te compra con adulación  mañana te venderá con traición. Proverbio español

Enrique RAMOS – Ilustración de CESARENE

La sentencia contra uno de los ex ministros que ha generado más polémica y más opiniones en contra de los últimos años, ha utilizado como una de sus pruebas de cargo el testimonio de un sujeto que, según decía de sí mismo, fue antiguo socio del ya condenado y, en virtud de tal, supuestamente conocía sus tejes y manejes.

No entro en si el tal Aldama merecía o no credibilidad para mandar a una persona a galeras porque me metería en la esfera del forofismo  social y es un ambiente que ya está bastante cargado. Me interesa más la figura del delator, del confidente, del chivato, del soplón, del chota….Aldama como categoría en lugar de como anécdota.

Desde que tenemos uso de razón y conexiones sociales, ser un chivato viene siendo lo peor de lo que te pueden acusar tus compañeros y/o familiares. Es la encarnación de la ruindad extrema: contarle a la autoridad, sea profesor, padre o monitor de tiempo libre que ha sido fulanito el que hizo aquella trastada o gimotear haciendo pucheros porque te han salpicado un guantazo, te convierte en lo peor de la microescala social a la que perteneces: eres un gusano. Y realmente lo eres hasta el punto que incluso los destinatarios de tus confidencias, ese docente o progenitor, acaban por un lado por cogerte la matrícula y te reputan también de  un inadaptado social y lo que es peor, puedes acabar por perder la credidibilidad, porque otra de las cualidades que adornan al chivato es el exceso. Y en lo barroco, ya se sabe que nos perdemos.

El soplón tiene mala fama desde épocas pretéritas. En la piedra angular de nuestra civilización, la religión cristiana, está recogida la traición de Judas Iscariote, que convertido en confidente de la UCO imperial, delegación Palestina, señaló por unas monedas a Jesús para que lo ajusticiaran. El escarmiento está en los evangelios: el Iscariote acabó comido por la mala conciencia y se suicidó colgándose de un árbol adelantado a su maestro en el camino a la eternidad

Pero cuidado, que si nos salimos de los textos sagrados, aunque no de la época, ya nos encontramos a algún romano a quien la delación le venía bien, pero le repugnaba. Para el cónsul Quinto Servilio Cepión, era una herramienta que tocaba con guantes: consiguió que unos confidentes aprovechando su cercanía a él, matasen mientras dormía al caudillo lusitano Viriato, y en tierras de la actual Zamora. Cuando los sicarios fueron a reclamar su recompensa al cónsul, a quien le habían quitado a un enemigo invencible, se encontraron con la frase “Roma no paga a traidores”.

Pero quizás en el momento en que Quinto Servilio Cepión (y otros muchos ejemplos de los que vive la historia y la leyenda) abominó de una maniobra tan rastrera, empezó también el poder a darse cuenta de que necesitaba a esa gentuza para poder mantener firmes las riendas. Y a medida que las sociedades se fueron complejizando, dejaron de tener esa aversión al chivato que tenemos de niños para irlo integrando en sus engranajes hasta convertirlo en imprescindible.

Los aparatos de los estados policiales presumían de un control férreo de cada ciudad, de cada pueblo de cada barrio, de cada bloque. La Stasi de Alemania Oriental, la PIDE salazarista portuguesa, la Securitate rumana de Ceaucescu… eran más que policías; generaban una red en la que participaban muchos vecinos que prestaban al estado sus ojos y orejas para detectar disidencias de los demás… Sí. Exactamente igual que la Inquisición durante siglos en el orbe católico ¿Que eso daba lugar arbitrariedades? Seguro. Pero mantener el orden tiene un precio. Ya lo dijo Goethe: “prefiero la injusticia al desorden”.

Y si pensamos que esos ejemplos son exclusivos de estados totalitarios caducos, estamos muy equivocados. Hoy a la Policía no le hace falta dar una patada en la puerta de mi casa para saber qué hago: se lo dice el móvil que llevo en el bolsillo.

A fin de cuentas, la condición de confidente, ha permeado desde el submundo de gentes que viven en el filo de lo delictivo, a las propias jerarquías del Estado. El Ministerio de Hacienda acaba de publicar el listado de los grandes deudores de este país con las arcas públicas. No deja de ser una confidencia. Quizás inversa, no es raterillo o el camellito del menudeo que le cuenta al policía lo que se mueve por el barrio; sino que es el gran hermano, el big data, el que pinta la cara de los que han querido defraudar al fisco. Ya no se hacen hogueras en plaza pública, pero estas publicaciones gustan en especial en España porque tienen  mucho de auto de fe; de escarmiento y de escarnio a la vista de todos…

Pero hasta para eso cambian los tiempos. Lo que hace siglos era un baldón, hoy es un blasón y el personal que ve los nombres y razones sociales de los defraudadores aplauden como retrasados diciendo olé tú, qué listo eres que engañas a Hacienda. Después cuando va no está el médico que tiene que estar o la carretera por la que tiene que ir está hecha unos zorros se queja. Es el país que somos.

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