Pasando el puerto – M. A. Macía
Con las nubes tóxicas que se forman cada vez que arde en medio de sospechas otro almacén de plásticos, ruedas o productos altamente tóxicos se quema una parte de la confianza depositada en los contenedores de colores. Con cocinas cada vez más pequeñas en muchas viviendas supone un verdadero esfuerzo -incluso de logística- separar cartones en azul, vidrios en verde y briks en amarillos. Un esfuerzo que arde en desesperación cuando se aventa por la ventana, otra vez, el tufo sólido del fuego que se come el meticuloso y en ocasiones obsesivo trabajo de la separación de residuos. Suena a demagogia antisistema pensar que en realidad nos marean con el truco de los cubos de colores para sugerir que va todo al mismo depósito y luego cerilla, pero cada incendio viene a denunciar que debería extremarse la vigilancia de los almaces de materiales contaminantes a los que deberían exigirse sistemas contraincendios que minimizasen las posibilidades de arder con la alegría que lo hacen. La confianza en la evidente necesidad de cuidar el medioambiente no puede apoyarse en el último escalón sin exigirse con mayor fuerza a quien más contamina. De lo contrario parecería que el humazo es el fin último de oscuros intereses de alma negra.



