La huelga de docentes del 4 de noviembre o cómo los que tienen tres meses de vacaciones se quejan de vicio.
Resulta anecdótica la necedad de aquellos que, sin querer ver más allá, se siguen aferrando a los dos otres paradigmas más simples y burlescos a los que se ha visto reducida la labor docente desde hace años. Desde que el maestro era una de las máximas autoridades hasta el día de hoy, en el que hemos sido reducidos prácticamente al último eslabón de un sistema cada vez más deleznable.
Comprendo, entonces, que, para aquellos que se quedan en la superficialidad, es difícil de entender que no hacemos huelga ni protestamos por nosotros mismos. Imagino que la inmensa mayoría de mis compañeros ratificarán mis palabras, puesto que estamos sometidos día tras día a una realidad abrumadora: clases superpobladas, niños que no pueden ser atendidos por sus profesores, falta de profesionales de apoyo para las necesidades especiales, falta de recursos, falta de materiales, falta, en muchos casos, de calefacción y de enseres básicos para la docencia.
Por no hablar de la carga burocrática a la que nos someten desde arriba: informes, planes, programaciones diversas, incontables anexos y un sinfín de documentos que hay que rellenar prácticamente a diario. Y no se confundan: no tenemos problema en hacer burocracia útil, que ayude a niños, familias y docentes a mejorar el sistema y buscar el bienestar del alumno. La pena es que, en el noventa por ciento de las ocasiones, todo este papeleo es tan denso que resulta totalmente inútil para cualquier receptor, imposibilitando el acto de comunicación en sí mismo.
Todo esto nos quita tiempo y fuerzas para invertir en lo realmente importante: nuestras clases. Necesitamos más profesores para hacer clases menos numerosas, permitiendo la atención eficaz y eficiente que cada alumno necesita. Pero claro, para ello hay que invertir en la educación pública, y eso es un desembolso que, parece ser, ningún gobierno está dispuesto a asumir.
Mientras tanto, seguimos recibiendo a diario alumnos que, en segundo de Bachillerato, son incapaces de leer y comprender un texto de manera satisfactoria (por no hablar de una ortografía cada vez más vilipendiada), problema que van arrastrando curso tras curso, lenta e inexorablemente. ¿Cómo van a entender una palabra en francés si ni siquiera saben su significado en español? Y así estamos en todas las áreas, sin excepción.
Parte de la culpa viene de la ley educativa actual, impuesta en primera instancia desde fuera de España, favoreciendo que todo el alumnado promocione, sean cuales sean sus resultados. Hemos dejado de premiar la cultura del esfuerzo, y esto tiene como resultado una futura generación de adultos sin tolerancia a la frustración, que van a ser incapaces de sobreponerse a las embestidas de la vida.
A todo aquel que se haya tomado la molestia de leer hasta aquí, pedirle dos cosas: la primera, que no ponga en duda la profesionalidad o el cariño con el que los docentes hacemos nuestro trabajo, pues, a pesar de todas las trabas, seguimos llegando a clase con la mejor de nuestras sonrisas para intentar hacer de nuestra profesión un futuro mejor para todos; la segunda, que todos seamos conscientes del problema real al que nos enfrentamos, puesto que cada uno de nosotros tiene que pasar por ser alumno, y es ahí, en esa edad y en ningún otro sitio, donde se forjan un carácter, un pensamiento crítico y unos valores que, por suerte o por desgracia, nos acompañarán ya para el resto de nuestra vida.
Ojalá todo el mundo fuese capaz de entender que, por encima de cualquier interés, están los niños.
Elena Blanco Guadalupe – Profesora de Enseñanza Secundaria


