La competencia sin autoridad es tan impotente como la autoridad sin competencia. Gustave Le Bon, sociólogo y psicólogo social francés
Enrique RAMOS – Ilustración de CESARENE
Dos accidentes ferroviarios después con un centenar largo de muertos en total, acaba de dimitir el ministro de Transportes Óscar Puente. Y es que no es normal que un tren se accidente, pero mucho menos que lo hagan dos (en realidad tres) en un espacio tan corto de tiempo y en la misma línea. Alguien tenía que ejercitar esta responsabilidad y ésta ha sido una de esas raras veces en este pénjamo llamado España en la que dimitir no ha sido el nombre de un futbolista ruso.
En todo caso, el ministerio del hormigón público, llamado de Fomento, de Obras Públicas o de Transportes según el momento y la conveniencia por los diferentes gobiernos, parece tocado por una suerte de maledicencia que persigue a muchos de los que han sido sus titulares.
Tengo para mí que hay cierta pulsión en los políticos que llegan a la cima en hacerse con este ministerio; quizás sea porque lo que se ve al exterior es precisamente al jerarca cortando cintas e inaugurando tramos de autovía, ferrocarriles… Al final todos llevamos un Franco dentro ante un pantano nuevo. Lo cierto es que ese ministerio que durante mucho tiempo fue uno más, en especial a partir de finales de los 90 del siglo pasado, cuando el tratado de Maastricht arbitró un generoso reparto de fondos públicos para las infraestructuras de los países del sur de Europa, el departamento encargado de las obras públicas, maneja un pastizal. De ahí que la grey política ansíe esa poltrona como ninguna otra.
Pero lo que parece una bendición de líder de turno, demasiadas veces en la historia reciente de España, se ha convertido en un bumerán que ha acabado con el recorrido político del titular. A Óscar Puente se le han salido los trenes de madre; el hombre se ha intentado explicar con una compunción muy lejana a su arrojo de chulo de bolera exhibido en redes sociales, en especial en X, pero la cosa tiene poca defensa: un raíl roto o un sistema de control que falla es un defecto de quien tiene la responsabilidad de controlar el tinglado, sea culpa de quien sea; incluso de los israelíes a quien las teorías más conspiranoides atribuyen las causas: si el equipo de seguridad ferroviaria, o el controlador humano o la auscultación de vías no funcionan, hay alguien que tenía que haber estado encima de esto. Y no estaba.
Pero es que, rebobinando en la historia reciente, nos encontramos mínimos comunes múltiples en varios ministros de este ramo. Ábalos, al que sucedió Óscar Puente, salió del foro político por esa puerta de chiqueros llamada justicia después de que le pillasen en manifiestos desvíos de fondos que, curiosamente no eran muy voluminosos, pero sí muy poco estéticos usando dinero público para financiar los caprichos de sus barraganas. Puente y Ábalos coincidían, cada uno en su género, en un cierto ademán de “sietemachos” que le granjeaban adoración en su parroquia y odio africano en la de enfrente.
Antes que ellos, estuvo al frente de la hormigonera pública la discreta Ana Pastor a la que también se le salió un tren de las vías entrando en Santiago de Compostela, aunque no dimitió y sus explicaciones fueron escasas y escasamente convincentes. Bien es verdad que a ella no la apretaron como a Óscar Puente porque cuando se produjo el accidente, apenas llevaba dos años en el ministerio como responsable del PP y el tren que se salió de madre había sido inaugurado a toda prisa en su amada Galicia por su antecesor socialista, José “Pepiño” Blanco con notables lagunas técnicas creando, además, una isla de alta velocidad sin conexión con vía de ancho europeo con el resto del país.
Precisamente Blanco es otro arquetipo del ministro de Transportes (o Fomento u Obras públicas o…) chusquero y tirado para adelante. En su haber, y hasta la llegada de danas y pandemias, está la declaración del primer estado de alarma del actual periodo constitucional. Lo hizo para tratar de embridar a los controladores aéreos que se habían puesto en huelga y así tener capacidad de militarizarlos limitando su poder de presión reivindicativa. Además, legó un AVE a Galicia, que solo se podía operar con trenes de rodadura desplazable porque hasta hace apenas cinco años, la red gallega de alta velocidad no estaba conectada con el resto de España. Blanco era el que ante el proyecto que pagó la Cámara de Comercio de Astorga hace cuatro lustros diciendo que el ferrocarril de la Plata era viable, espetó “muy bien; pues si ustedes, empresarios, lo ven tan claro, explótenlo. El Estado no les cobra canon por el uso del dominio público ferroviario. Todo suyo”. Huelga decir la situación en la que sigue ese corredor.
Y antes de Blanco estuvo el epítome de todas esas características de los ministros de este ramo: el nunca bien ponderado Álvarez Cascos. El ministro amado por Aznar tiene como “gran virtud” haber perpetrado un rosario de gestiones que un cuarto de siglo más tarde seguimos padeciendo y pagando todos los españoles: prorrogó ilegalmente (como ha certificado recientemente la UE) las concesiones de las autopistas de peaje del Atlántico y León-Asturias; nos endilgó a los astorganos el oneroso portazgo por ir a León e inventó una red de autopistas de peaje radiales en el entorno de Madrid que el Estado ha pagado dos veces; primero en una compensación de abonos de expropiaciones que fueron infravaloradas y después en el rescate que nos ha costado cinco mil millones de euros porque no las usa nadie. Las autovías que el ufano asturiano se apresuraba a inaugurar eran habituales sinfonías de taludes venidos abajo, viaductos débiles y blandones que siguen sin repararse (veáse la autopista Palencia-Santander, el primer tramo de la ronda sur de León, la ladera que sobre la A6 se desplomaba de continuo en Ponferrada o los viaductos de Tremor y de la subida al Cebreiro que no han durado ni 25 años. Eso sí, al “pollo tomatero” en ademanes chulescos y respuestas desabridas no le ganaba nadie.



