“Si alguna hazaña notable llevé a cabo, ésa será mi mejor monumento; de lo contrario, todas las estatuas del mundo no bastarán a ilustrar mi memoria.” . Agesilao II. Rey de Esparta
Enrique RAMOS – Ilustración de CESARENE
“Nación rotonda” es un proyecto que ha tenido, entre otros soportes, plasmación en un libro en el que urbanistas, ingenieros y arquitectos recogen innumerables excesos y aberraciones que durante décadas de burbuja y posburbuja inmobiliaria han salpicado este país. El título llega porque buena parte de esas excentricidades se dedicaron a poblar los centros de muchas rotondas con diseños que sus autores motejaron de estatuas y que la mayor parte de la población entendía como chatarra amontonada u hormigón vertido con desigual criterio.
La mayor parte de aquellas rotondas de la chatarra, carreteras a ningún sitio, aeropuertos sin aviones o estaciones de tren sin viajeros tenían detrás dinero público (directamente o a través de prebendas al promotor) con el que el presidente de la comunidad autónoma, de la diputación de turno o del ayuntamiento en cuestión, pretendían ser recordados en el futuro. Ni que decir tiene que en esa obsesión por la posteridad, la mayor parte de las veces, el tiro ha salido por la culata. Y es de donde “Nación rotonda” se nutre para ofrecernos la geografía del disparate hecho obra.
Es cierto que Astorga o la provincia de León no vivieron aquellas burbujas tan inflamadas, pero a su escala también tuvieron lo suyo. Rotondas con su ornato más o menos bien traído y áreas urbanizadas que quedaron a medio o a un tercio de desarrollo también pueblan esta Cazurlandia de nuestros padeceres. Aquí mismo, en Astorga, un teniente alcalde de cuestionable recuerdo quiso perdurar en el tiempo dejando su impronta leonesista reproduciendo en acero corten una imagen que pretendía recordar una procesión de pendones. La abstracción era algo excesiva y, como en los malos chistes, hubo que poner en una acera una tablilla explicativa de lo que era aquello. Han pasado dos décadas y nos vamos acostumbrando a ver aquello a la sombra del palacio que ayer nos chirriaba; como la escritora Gertrud Stein cuando hizo de modelo para Picasso y se quejó de que lo pintado no se parecía a ella, el pintor le respondió: “no se preocupe, ya se parecerá”.
Al teniente alcalde promotor de aquello le cayeron proyectiles dialécticos de todo calibre, que, de paso, en la correspondiente onda expansiva, salpicaron al alcalde: “caro, megalómano, hay miles de cosas en que gastar mejor el dinero….” Los argumentos fueron infinitos. Claro, que cuando los que lo pusieron a escurrir consiguieron hacerse con la vara de la alcaldía, perpetraron otro de similar calado y abstracción homenajeando a las comarcas ribereñas del Tuerto ocupando la rotonda de la carretera que distribuye el tráfico hacia La Cepeda: lo que se veía pecado mortal en los anteriores había devenido en virtud primorosa en los siguientes.
Podríamos pensar que en una temporada grande no habría alcaldes que osaran reproducir el fervor estatuario de aquellos años en los que el acero corten reinaba en nuestras calles. Pero como decía el clásico, podemos cambiar el pelo, pero no las costumbres. Esta presente legislatura acaso pasará a la historia, a falta de mejores aportaciones a la ciudad en ruinas, como “la de las estatuas”. Por el tramo que cruza el municipio del Camino de Santiago se han multiplicado representaciones de ferralla soldada vinculadas al hecho jacobeo y aprovechando el año de Gaudí, imágenes más o menos bien traídas a quien hizo posible (o eso dicen) que el palacio se construyera en Astorga con el proyecto del arquitecto catalán.
En este caso, además, el ansia de perdurar en el tiempo, ha colisionado con otra ansia previa de similar pervivencia, ya que ha habido que mover una estatua que en el punto más visitado por los turistas de toda la ciudad recordaba la potente Semana Santa que tiene Astorga. Hoy se erigirá una estatua de regular tamaño donde estaba el monumento a la Semana Santa que representa a Pío Gullón y pretende recordar el impulso que dio al inicio de la construcción del edificio siendo ministro de Estado. Por fas o por nefas, vamos a ir dejando el palacio y su entorno salpicado de estatuas que, alguno con la boca pequeña, ya ha calificado de “gnomos de jardín”.
Lo llamativo es que en este caso nadie pregunta cuánto cuestan; no aparece en el portal de transparencia del Ayuntamiento y al personal parece no acordarse de las necesidades de la ciudad que se remediarían destinándole ese dinero. El cuestionado monumento a los pendones mereció artillería verbal sin compasión alguna. Quizás con el tiempo, aunque hoy los “gnomos de jardín” nos chirríen, acabemos por acostumbrarnos a ellos igual que con el de la rotonda de más abajo. Como Gertrud Stein, el tiempo hará que se parezcan a nosotros.



