“En la sociedad, el hombre sensato es el primero que cede siempre. Por eso, los más sabios son dirigidos por los más necios y extravagantes”. Jean de la Bruyère. Escritor francés
Enrique Ramos Crespo – Ilustración de CESARENE
Mientras como en un partido de fútbol la opinión pública se entretiene con las cuitas judiciales de ex presidentes a los que les buscan las vueltas ante togas y puñetas, la semana que se va en Astorga nos deja una buena noticia. Sí, como lo oímos: que se acometa una modernización de las redes de agua y que los astorganos solo paguemos una quinta parte, es algo buenísimo. Al menos en teoría; por eso llama la atención que quienes dicen gobernarnos no lo comunicaran con la antelación debida en el caso de la primera fase, casi colándolo de tapadillo en un pleno. Por eso un servidor está pensando a ver cuál es el portillo por el que se escapa el gato encerrado. Lo normal, en este equipo de gobierno y en casi todos, es contar mil veces lo mismo: cuando se les ocurre, cuando lo proyectan, cuando piden el dinero, cuando lo consiguen, cuando lo ejecutan, cuando lo inauguran, cuando se avería… Bueno, ahí no; ahí suelen echarle la culpa a otros. De ahí que contar con tanto disimulo una obra aparentemente tan buena, da, al menos, para pensar.
Más allá de mensajes triunfalistas incluyendo “triles” con los números del padrón, una mirada a la ciudad no hace sino revelarnos una profunda decadencia: negocios cerrados que no vuelven a abrir, aceras acordonadas por causa de inmuebles en ruina que se perpetúan o una vida cultural en franco retroceso son apenas pinceladas de la cuesta abajo en la que estamos.
Y podríamos pensar que es culpa nuestra, o de nuestro ayuntamiento, o de nuestra diputación. Pero mirando alrededor tampoco es que veamos demasiado en lo que consolarnos. Si aquí al lado tuviéramos un ejemplo de gestión exitosa, podríamos copiarla o tomar las migajas. Pero no. El mundo cambia muy rápido para todos: se lleva por delante valores y estructuras que creíamos inamovibles hace unos pocos años; y en nuestro contexto, tenemos un especial problema de adaptación a esos cambios. Esta “uberización” de la vida nos está atropellando, al principio sin que nos demos cuenta, y poco a poco sacándonos de nuestro lugar cuando ya es tarde para hacer nada. A nuestro teléfono pedimos un sucedáneo de taxi, un sucedáneo de comida, un sucedáneo de cultura, un sucedáneo de diversión… todo llega a casa para encerrarnos más y ser menos sociales.
En algún momento el esfuerzo colectivo dijo a nuestros padres y abuelos que empujar juntos por una ciudad o por un pueblo, nos beneficiaría a todos. Hoy ya no se unen fuerzas casi ni por la familia, que debería ser lo más sagrado y el embrión de cualquier asociación humana de más tamaño.
Un lugar como Astorga (o como la provincia de León entera, que en población viene a ser medio barrio de Barcelona o Madrid), donde a esa “uberización” social le cuesta algo más instalarse, tampoco reacciona. Reputamos de grandes logros la instalación de nuevos centros comerciales, cuando lo único que hacen es profundizar en esa liquidación de nuestro modelo de sociedad devorando el escaso tejido comercial minorista; nuestros mandatarios, acaso porque no saben más ni quieren saber, continúan vendiendo recetas de promoción económica que son de mediados del siglo XX con grandes polígonos industriales en los que apenas se fabrica y en el mejor de los casos, se almacena; con robots y una escasísima y poco cualificada mano de obra; no tenemos un plan y nuestro futuro se asoma al vacío.
Un filósofo argentino, José Ingenieros, decía a principios del siglo XX: «Los hombres y pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen; los hombres geniales y pueblos fuertes sólo necesitan saber a dónde van.» . Aquí, ni una cosa ni la otra. Hemos permitido que el beneficio inmediato de una obra particular acabe con una necrópolis de la que no sabemos si hacer caso al Ayuntamiento antes o ahora; en su momento era un hallazgo digno de Indiana Jones, pero de repente, cuando estorbaba, se tapó con nocturnidad y sinvergonzonería como se ha hecho con tantas cosa; mermamos la importancia de la ciudad rebajando la categoría de su secretario, acabamos con lo que nos convertía en algo diferente dentro de la provincia y de todo el país… y no pasa absolutamente nada.
El pasado fin de semana en la Brecha, alguien se llevó por delante un cartón que daba los detalles la reforma de la muralla en el tramo de la calle El Cristo. Allí pervive el armazón metálico que lo soportaba como una metáfora de a lo que nos encaminamos: no queda ni el panel que explicaba una gran obra; en su lugar, una ventana hacia el vacío.




