SIN PASIÓN – Eduardo Sáez
Como escribía Enrique Ramos el pasado sábado, lo del eclipse ha sido una depuradísima metáfora del rebaño. Acaba de pasar, y como bien decía, hay opiniones para todos los gustos: la mayoritaria, que la cosa ha sido la reoca; y la minoritaria, que bueno, que sí, pero que a ver si vamos a estar en la edad de Piedra y vamos a enloquecer con fenómenos naturales que tienen una explicación científica que está incluso a mi cortísimo alcance. Por cierto, estos últimos, tibios y poco entusiastas de los eclipses y sus efectos, corren el peligro de ser cancelados y de ser tachados de insensibles, ignorantes o, directamente, brutos.
Con el asunto de la noche sobrevenida en plena tarde el personal se ha desmelenado incluso por encima de sus probabilidades. También las administraciones. Temiendo un éxodo masivo hacia zonas de avistamiento óptimo con el correspondiente colapso circulatorio, la subdelegación del Gobierno en León recomendaba verlo desde un entorno inmediato y no coger el coche. Pero es que la Junta, llevaba difundiendo, urbi et orbe, un catálogo de lugares para verlo con más nitidez: “ponte gafas, no cojas el coche, no hagas fuego, bueno puedes coger el coche, no dejes basura en el monte….” Al final el prospecto para ver eclipses es más largo que el de un antibiótico. Y ojo, que ahora llegan los efectos secundarios.



