PIEDRA DE AFILAR – Enrique Ramos
La ocupación sistemática del espacio público para diferentes actos que está ocurriendo en los últimos días se ha convertido, además en un tema de conversación entre tirios y troyanos de la astorganidad.
Y es que en esto, como en tantas cosas, el Ayuntamiento, está preso del escrutinio y las opiniones de cada uno, que en socorrido y docto dictamen de Harry Callaghan “El sucio”, son como los traseros porque todos tienen uno y solo huele mal el del prójimo. Si hace mucho, molesta, pero si no hace, se le echan encima por falta de actividad, así que, palos porque andas y palos porque no andas.
Hay quien adora el atletismo, pero deplora las procesiones; quien se hace lenguas con astures y romanos y desdeña el ciclismo o quien gusta del ciclismo pero le parece una fruslería montar mercados bajo carpa en la calle. Nos gusta que brille la ciudad, pero no nos gusta soportar las molestias que nos afectan directamente y derivan de la actividad que genera ese brillo porque el cáncer del vecino me importuna menos que mi uña rota.
Cada uno se rasca donde le pica. Y así, el prospecto de uso y disfrute de cada ciudad, debería recomendar ese rascado, pero proporcional al prurito generado, no sea que nos pasemos y hagamos llaga.




