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viernes, octubre 23, 2026

A ladrillazos

“El 90% de los millonarios se hicieron millonarios a través de las inversiones inmobiliarias”. Andrew Carnegie (Empresario británico-estadounidense)

Enrique RAMOS CRESPO – Ilustración de CESARENE

Se pierde en la memoria el momento en el que la vivienda empezó a ser la preocupación fundamental de los españoles. Desde que el actual sistema constitucional permite que exista el debate político, es foco recurrente y mercancía de mensaje electoral tan indispensable en cada campaña como el pimentón en el pulpo a feira. Pero antes, durante los gobiernos del general Franco, y sin tanto debate, tener un techo bajo el que cobijarse fue también obsesión del españolito medio.

Esta vez, la vivienda ha adquirido una dimensión aún más grande como elemento de debate, hasta el punto que ha sido el detonante (reconocido, ocultos habrá otros) de la convocatoria electoral anticipada. Un desahucio (como tantos) que acabó con la anciana desahuciada falleciendo como ha ocurrido más veces (algunas incluso con suicidio), ha provocado manifestaciones y acampadas en el centro de Madrid y de otras ciudades (¿por qué ahora sí y antes no?).

Como si los guionistas Azcona & Berlanga siguieran al mando de esta comedia, el látigo contra la especulación inmobiliaria, la Savonarola que con voz tronante reclamaba viviendas dignas para las clases menesterosas, resulta que duerme todas las noches con un señor que es precisamente directivo de uno de esos fondos buitre, hiena, o cualquier carroñero que se les ocurra. La tal Montse Mínguez, portavoz socialista para asuntos del ladrillo tiene a su marido haciendo precisamente lo que critica de la bancada de enfrente. Puedes decir que mi marido es mi marido y yo soy yo; incluso que, como dijo una ex ministra de la competencia “no sabía de dónde salió un Jaguar que estaba aparcado en la cochera”, pero después de lo que has soltado por esa boquita,  que las alubias que van a tu puchero están envenenadas de la especulación que te hartas de criticar, te deja como a Cagancho en Almagro. Pensar que no se iba a saber a qué se dedica su marido es ser muy lila. La mujer ha dimitido, pero da igual; su discurso se ha caído como diría José Mota, “con todo el artesonado”

A fin de cuentas, al menos, el hijo de Aznar, es reconocido directivo de uno de esos fondos, Cerberus, pero lo es con plena coherencia: “Yo y también papá y mamá, lo llevamos diciendo toda la vida: la casa para el que pueda pagársela. Los demás, debajo de un puente”, podría muy bien decir sin que nadie le recriminara nada.

En España hay 27  millones de viviendas, de las que algo menos de 20 millones son residencias habituales. El resto, esos siete millones, salen de sumar segundas viviendas vacacionales y viviendas vacías, que son algo menos de cuatro millones. Podría pensarse que para cincuenta millones de españoles que somos, a dos personas por vivienda, cabríamos bien… salvo que todos queramos vivir en el mismo sitio. En Bascois (provincia de Ourense) sobran casas; en Madrid (provincia de Madrid), faltan.

La conversión de dinero en ladrillo y vuelta de ladrillo al dinero es algo muy viejo y muy español. Histórico y mítico es el pelotazo especulador del Duque de Lerma cuando “movió” la capital para Valladolid en pleno siglo XVII durante cinco años tras haber comprado propiedades en la capital castellana que revendió con pingües beneficios invertidos a su vez de nuevo en Madrid que le permitieron seguir enriqueciéndose cuando la capitalidad regresó allí.

Y sin ser el duque de Lerma, a raíz de la tardía revolución industrial en España, la concentración urbana de las gentes que de los pueblos acudían a trabajar a las ciudades, también hizo de la vivienda una necesidad de las clases populares. Primero fueron patronatos de empresas que construyeron casas para sus trabajadores y después fue la propia Administración la que asumió esta responsabilidad. Ya en la dictadura de Primo de Rivera se dictó una “Ley de Casas Baratas” que inició la promoción pública de vivienda; siguió durante la II República y se profundizó durante los 40 años de gobiernos del general Franco, en especial a partir de los años 60 del siglo pasado. En el actual periodo constitucional continuó este tipo de desarrollo residencial, tanto por el Gobierno Central como, posteriormente, por comunidades autónomas e incluso por ayuntamientos.

El rasgo diferencial de la promoción de vivienda protegida (en diferentes fórmulas) en España respecto de otros países europeos del entorno ha sido, básicamente, que el adjudicatario se convertía en propietario. Frente a otros modelos como el celebrado de la ciudad de Viena desde hace un siglo, en el que la mayor parte de la vivienda promovida se dedica a una bolsa de alquiler público, en España, país con sueldos históricamente bajos, alguien pensó que la vivienda es el camino a la capitalización ya que ir pagando el techo que te cobija es prácticamente la única manera de ahorrar. Pero es un error de concepto. Eso vale cuando no es el domicilio principal, incluso cuando es una residencia vacacional; pero la casa de todos los días que ayer me costó cien y por la que me ofrecen trescientos pasado mañana, no la puedo vender ya que si quiero comprar otra, tengo que desembolsar esos trescientos porque el mercado está imposible. Si quiero seguir teniendo techo, no he ahorrado nada.

Las diferentes administraciones, desde Primo de Rivera, han optado por este sistema de dar en propiedad la vivienda protegida porque para el propio sistema burocrático es más cómodo: construye, entrega y se olvida. Gestionar una agencia de alquiler público da mucho más trabajo y aunque hay comunidades autónomas que empiezan tímidamente a hacerlo, este “agujero” revela la ineficacia general de las diferentes administraciones españolas.

Porque las viviendas protegidas, si se han hecho en suelo público y/o con medios públicos, no deberían ser enajenadas. El adjudicatario lo debe ser por sus circunstancias socioeconómicas, pero cuando estas cambien, su solución habitacional (pública) debería también moverse: alguien obtiene una vivienda de cien metros cuadrados porque tiene cuatro hijos: cuando se emancipan esa situación ya no es la misma, pero la vivienda la adquirió con esos beneficios y ahora es suya y puede “hacer caja” con cualquier fondo buitre sin que nadie le diga nada. Ahí, como en tantas, cosas, tenemos que hacérnoslo mirar.

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