SIN PASIÓN – Eduardo Sáez
Cuando la Inteligencia Artificial irrumpió con furia hace dos o tres años en las esferas privadas y todo el mundo se puso a utilizarla de manera masiva con la facilidad que otorga darle una voz al teléfono y que te prepare una imagen, un texto o incluso un vídeo la mar de pintón, el personal se volvió loco (y sigue). Todos se creyeron diseñadores gráficos, mezcladores de sonido, realizadores de vídeo o periodistas.
Y esta deriva nos ha traído a este puerto. Uno de los aspectos en los que más se nota es en algo que advirtieron en su momento los cartelistas. Los concursos de carteles que son tan comunes para fiestas, ferias y otros eventos públicos, empezaron a trufarse de estos diseños automatizados y los convocantes tuvieron que poner cláusulas que los excluyeran. Pero da igual. Cualquier tienda, bar, ayuntamiento o particular que quiera anunciar un evento, le dice a la IA qué puede hacer para conseguir un afiche que anuncie su jornada gastronómica o su proyección de cine a la fresca. Y la IA se la hace, faltaría más (la Inteligencia Artificial es el cuñado perfecto: no se calla nunca aunque no tenga nada que decir). Pero se la hace a todos igual y hoy hay dos o tres plantillas de carteles calcadas que nos recuerdan que no todos valen para todo.



