Pasando el puerto – Marco A. Macía
La costumbre de pegar carteles al filo de la medianoche del arranque electoral tiene el sabor olímpico del disparo en el atletismo. Recuerda a los ansiosos caballos embridados en sus cajones antes de salir a la pista con la diferencia de que ellos sólo corren mientras que los candidatos llevan galopando desde el cierre de urnas de la última convocatoria, por lejana que ésta fuera. Son tantas y tan desaforadas las ganas de cambiar el mundo -para mejorarlo evidentemente- que no pueden perder un segundo y a las doce exactas: manos a la obra, no vaya a ser que quede sin hacer tal carretera o sin inaugurar aquella fuente privando al universo de la magnanimidad de sus decisiones. La cara en el cartel con el lema prometedor y el logo de los suyos se desvela con el celo que debió poner Miguel Ángel al mostrar a David o Amaya con su Panero sedente. A las doce, esas gotas de humanidad, de aplauso convencido, de declaración legañosa y apresurada son enternecedoras por parecer verdaderas. Una ilusión similar a la que se respira en las cabalgatas de Reyes cuando todo es sueño y purpurina. Hasta el amanecer siguiente, cuando los paquetes desvelan su habitual contenido de colonias y calcetines.



