SIN PASIÓN – Eduardo Sáez
Un intenso olor a abono inundó la ciudad de León en pasados días. El motivo era la fertilización de unas tierras en Valdesogo, apenas a una docena de kilómetros, con estiércol y otros productos orgánicos. Los leoneses arrugábamos la nariz y nos quejamos. Llegó la Guardia Civil de la naturaleza, levantó atestado y concluyó: “circulen: estos labradores no están incumpliendo ninguna norma”. Pero las gentes finas de León, que para lo que queremos presumimos de alimentación natural y nos gastamos un pico más en etiqueta que ponga “Eco”, bramábamos porque alguien estaba intentando cultivar nuestra comida abonando la tierra como se ha hecho toda la vida.
No pude menos que recordar a mi vecino, vegano y ecologista, que todos los viernes por la tarde sale quemando rueda y diésel camino de la montaña a dar rienda suelta a su fervor campestre. Ante los incendios del verano, reiteraba machacón el argumento de pueblos abandonados y necesidad de ganadería que limpie el monte “¿Vas a ir tú de pastor?” le dije. “Yo no puedo. Soy funcionario” apostilló. “¿Para qué quieres la ganadería si no comes carne ni tomas leche ni queso?”. Silencio.
Todos lo tenemos muy claro hasta que nos tocan mínimamente lo nuestro. Ahí las convicciones dejan de ser inquebrantables.


