«Por mirar la pequeñez de un gusano podemos perder la grandeza de un eclipse». Confucio. Filósofo chino
Enrique Ramos
Aquel celebrado opúsculo que los semiólogos italianos de la universidad de Bolonia Eco, Colombo, Sacco y Alberoni elaboraron a “ocho manos” allá por 1972 y titularon “La nueva edad media”, ya nos lo advertía: el mundo moderno se desliza peligrosamente hacia unas actitudes propias de las épocas más oscuras de la historia diluyendo vínculos sociales y auctoritas intelectuales sin ofrecer a cambio más que caos.
No ha hecho falta más que un fenómeno natural, previsto y conocido desde hace cientos de años y que en España va a ser el primero de una secuencia de tres en otros tantos años consecutivos, para que quien se huelga con teorías de la conspiración, futuros preescritos y premoniciones burdas, vuelvan a hacer su agosto.
Como si el personal quisiera ignorar que un eclipse es un fenómeno meramente físico que sale de la interposición de un astro, en este caso la luna, entre la tierra y el sol, florecen cientos de augures que igual que el ornitomante asturicense de principios de nuestra era Lucio Valerio Aucto adivinaba el futuro observando el vuelo de las aves, pretenden definirnos lo que nos va a pasar porque el indicio del eclipse así lo dice.
Programas de televisión y cientos de contenidos en redes sociales traen a estos Nostradamus “cuñaos” buscando analogías cutres con situaciones parecidas a lo largo de la historia. Hay documentados cientos, miles de eclipses desde que el hombre observa el firmamento y deja escrita esa observación.
Con lo del eclipse estamos a punto de volvernos locos, porque hasta la Junta de Castilla y León ha anunciado un plan de coordinación y gestión de multitudes. No vaya a ser que en un punto de un monte en el que supuestamente se va a ver estupendamente, se produzca un atasco digno de la M-30 a las 8 de la tarde. Nos lo advierten: no hace falta que cojan el coche, que se va a ver más o menos en todos los sitios igual: miren a poniente, protejan los ojos, y suficiente.
Claro, que como todo lo que hace la Junta, dice una cosa y la contraria, a menudo en la misma frase. Resulta que en la feria Fitur que se celebró en Madrid a finales del pasado mes de enero, se publicitaban lugares de Castilla y León como Segovia o el mismo León como destinos turísticos óptimos para avistar el fenómeno. «Vengan, pero no vengan muchos y con orden: en varios días, aunque el eclipse haya pasado, ya se contamos nosotros», parecen decir los jerarcas del régimen
Nos da igual. Somos coleccionistas de experiencias. Más por contarlas que por vivirlas. El día 12 de agosto, una legión de teléfonos móviles se preocupará de dejar grabado en foto y en video la ilusión del movimiento del disco solar y su ocultación. Casi todos se perderán la posibilidad de ver un eclipse al vivo sacrificando esos momentos a la mediación tecnológica. ¿Para qué? Pues para enseñar a todo el que se ponga a tiro lo fino y bien que ha grabado mi teléfono el evento sideral.
Como en la Edad Media preferimos el trampantojo de lo que creemos ver y la creencia del supuesto indicio de algo mayor que va a ocurrir. En las vísperas del año 1000, penitentes y desharapados poblaban los caminos vaticinando el fin de los tiempos y reclamando penitencia y arrepentimiento. Pasó aquello, y los milenaristas se la envainaron porque el mundo siguió girando. Sin tanta apocalipsis, que de algo tienen que valer las lecturas y las ciencias, mil años después nos pasó lo mismo con un famoso “efecto 2000” que no fue tal y casi nada se interrumpió. Pero como eso de tener una fecha fija para terminar con el mundo nos sigue gustando, alguien se creyó que los mayas habían puesto en su calendario fecha de caducidad a este mundo; pues el 21 del 12 de 2012, tampoco pasó nada fuera de lo normal.
Este tipo de cosas suelen ser el parto de los montes: grandes expectativas que generan grandes decepciones. Si el próximo 12 de agosto sobre nuestras cabezas ruge una de esas tormentas de verano tan típicas de esos momentos, el eclipse será mucho menos espectacular porque la gracia del disco solar tapado estará diluida en las nubes que lo tamicen.
Como vivimos en esta época en la que se compra cualquier mercancía averiada, incluso en el caso de un nublado aparecerá algún profeta del cataclismo haciéndose el listo y anunciando que es una señal de que ocurrirá algo gordo. Que no se entere Trump.
En todo caso, no perdamos la calma. Hay quien asegura que en un colapso que acabe con el mundo, más que las cucarachas, sobrevivirá el capitalismo. Alrededor de este fenómeno astronómico hay ya muchos revoloteando y buscando hacer su agosto, precisamente a mitad de ese mes. Hasta el sol está en venta.



