“Establecemos reglas para los demás y excepciones para nosotros.” François de la Rochefoucauld. Escritor francés
Enrique RAMOS – Ilustración: César Núñez
De los cuatro ex presidentes de Gobierno del actual periodo constitucional español que quedan vivos, solo uno, Mariano Rajoy, ha renunciado a las prebendas que otorga la condición de antiguo mandatario. No lo ha hecho por una vocación de servicio o un desprecio al dinero, elementos ambos de los que acreditó carecer en absoluto en su época de mandatario. Lo ha hecho porque su ocupación de Registrador de la Propiedad, con una profesión regulada por el Estado a la que se accede por oposición, es radicalmente incompatible con la percepción de otra retribución pública. Y claro, si me dan a elegir entre cobrar diez o uno, escojo el diez, porque once no me dejan.
Los otros tres ex presidentes, Felipe González, José María Aznar y José Luis R. Zapatero, hasta lo que se sabe, siguen disfrutando de esa sinecura vitalicia traducida en cerca de 80.000 euros al año, coche oficial y un par de personas de confianza a su servicio.
En estos días, uno de ellos, se ve sentado ante los tribunales acusado de haber tenido negocios, dicen que poco limpios, simultaneados con su condición de ex presidente. Debo decir que sin datos, pero sin dudas, al principio tuve el convencimiento de la existencia de actividades lucrativas paralelas a la condición de ex presidente; pero al mismo tiempo, supuse cierta precaución por parte de Zapatero para no dejar rastros de ese lucro en su entorno más inmediato. Y aunque es posible que así sea, también tengo para mí que haya podido tener un exceso de confianza mirando a los otros dos que participan en su empresa: ni Aznar ni González gastan el más mínimo disimulo en su pluriempleo. Y a lo mejor, Zapatero pensó: si ellos sí ¿por qué yo no?
En teoría, las leyes que habilitan ese retiro dorado a los ex presidentes pretenden que éstos no precisen de más afanes una vez terminado su ciclo. Ese dinero ha de darles para un bien pasar a cambio de no utilizar sus agendas, su conocimiento y sus contactos en un beneficio propio que, a menudo, puede colisionar con el de la colectividad nacional. Así, sobre el papel, se evita que en época de vacas gordas (su mandato) saqueen la caja antes de que les quiten la llave y esté otro en disposición de saquearla.
A Felipe González, que durante mucho tiempo fue miembro del consejo de administración de Gas Natural, le pagaban una jugosa cantidad por ir a levantar la mano tres o cuatro veces al año. El sujeto tuvo el desahogo de decir, encima, que se aburría. De cobrar parece que no.
Aznar ha sido asesor para Hispanoamérica de Endesa, de la consultora KPMG, del magnate de la comunicación Rupert Murdoch en varias ocasiones… Siempre con sueldos de cinco o seis ceros.
¿Alguien piensa que si Gas Natural o Murdoch o Endesa tienen un negocio que pueda ser en algún momento lesivo para España, González o Aznar van a contradecirlo? Seguro que no. Seguirán mamando de la teta que da más leche.
Esta entrada en la empresa privada de los políticos que salen de las altas dignidades del Estado se ha dado en llamar “puerta giratoria” y no es, ni con mucho, privativo de los anteriores presidentes de gobierno. Ministros de más o menos fuste se bajan del coche oficial para entrar en un coche de empresa, también con chófer y a menudo más suntuoso.
Elena Salgado, que fue vicepresidenta precisamente con Zapatero, encargada de la regulación de los mercados, salió de la Moncloa rumbo al consejo de Chilectra, la operadora eléctrica chilena del grupo Endesa y Beatriz Corredor, que fue ministra de Vivienda, es ahora la responsable máxima de Red Eléctrica Española, esa corporación que nos dejó sin electricidad en el apagón histórico de abril del año pasado. Son dos ejemplos, pero si se pasa una lista rigurosa, no falta casi ninguno: la poltrona ministerial abre sillas de despachos privados más discretos pero más rentables. En esa cuadra tenemos al ínclito Cristóbal Montoro que rizó el rizo: según la instrucción del caso que lo ha imputado recientemente, una empresa suya cobró dinero de compañías a las que supuestamente favorecía siendo ministro de Hacienda; es decir, no le hizo falta dejar de ser ministro para hacer negocios paralelos
De todas maneras, en toda esta fauna, mi animal mitológico preferido es la también ex vicepresidenta con Mariano Rajoy Soraya Sáenz de Santamaría. Dejó de ser ministra de un Gobierno cuyas cancelaciones de ayudas a las energías renovables le han valido al reino de España múltiples pleitos y resoluciones pagos de indemnizaciones de algunas empresas de calado internacional; bueno, pues la dama dejó la política para dedicarse a la abogacía en un bufete muy postinero, Cuatrecasas que ¡bingo! defiende a muchas de esas multinacionales de las energías renovables para sacarle la manteca a las arcas públicas españolas. La pirómana bombera que está llevando pleitos contra las normas que ella misma promulgó.




