Somos lo que somos porque hemos sido lo que hemos sido – Sigmund Freud. Científico austriaco
Enrique RAMOS CRESPO – Ilustración de CESARENE
El nombre del más pequeño de los continentes hunde sus raíces en la mitología griega. La reina fenicia Europa fue raptada por Zeus que se transformó en un bello y manso toro blanco que ofreció su lomo a la hermosa dama para que lo cabalgase. Cuando la reina lo montó, Zeus se la llevó para siempre a su isla de Creta. Los geógrafos y cartógrafos griegos pronto empezaron a poner el nombre de su personaje mitológico a las tierras firmes que no eran las islas y desde ahí se extendió al resto del territorio.
El nombre de este continente, no lo olvidemos, hunde su origen en el episodio mitológico de un rapto que, por cierto, gran cantidad de pintores y escultores han querido recrear a través de la historia. A lo largo de siglos, los que lo hemos habitado hemos compuesto un mosaico de gentes, culturas y costumbres de lo más variado que poco a poco se va diluyendo en una uniformidad de la que, seguro, hay quien va a sacar tajada.
Como uno puede hablar de lo que tiene más cerca, voy a referirme a cómo la manera de ser de este país, se va uniformizando al de otros más septentrionales. Es como si cuatro siglos más tarde de las Guerras de Religión, los países protestantes fueran a imponerse por medios incruentos.
Hace no tantos años había entre cierta clase política europea una expresión a caballo entre lo paternalista y lo despectivo para definir a los ibéricos. Españoles y portugueses éramos en los años 80 “euromoros”. Ya habíamos entrado en la Unión Europea pero nuestros hábitos de vida, nuestros horarios, nuestra manera de ser, seguían teniendo un rasgo de distinción respecto a lo que se veía allende los Pirineos. Esta “meridionalidad” europea hacía que desde fuera, se nos identificara en muchos aspectos con las sociedades del norte de África. El calificativo fue perdiendo fuerza en favor de la expresión “mediterráneo”, más inclusiva y global para las tierras al norte y al sur del Mare Nostrum.
Porque, efectivamente, a menudo que uno avanzaba hacia el norte, iban cambiando las cosas: de poder cenar a las once de la noche se pasaba a tener como hora inamovible en los restaurantes las nueve y ni lo sueñe sin reserva; de generalizarse las jornadas partidas aquí, se pasaba a horarios de trabajo intensivos que a las cinco de la tarde terminaban más allá del Pirineo; de socializar en la calle o en los bares, a socializar en los domicilios privados en fiestas donde se bebía tanto alcohol o más pero con esa discreción luterana tan hipócrita ella; las noches de fiesta en España duraban hasta el amanecer y en el norte a las ocho de la tarde tras todo el día de excesos el personal ya no podía con los calzones…
Era así, pero lo es cada vez menos. Quizás en lo que han terminado nuestros hábitos de relación con la hostelería es donde más se vea ese proceso de uniformización: lo de cenar a las once de la noche y sin reservar va siendo una rareza; las noches de fiesta han dado paso a lo que llamamos “tardeo” que viene a ser el clásico “café torero” y que, efectivamente, se parece más al concepto británico que al español de siempre; las jornadas partidas son un elemento a extinguir hasta el punto de que, tras haberse generalizado el horario intensivo entre los funcionarios, cada vez más empresas privadas lo hacen; las fiestas en casas particulares van ganando espacio al viejo concepto de “salir por ahí”…. La manera de trabajar y divertirse y, en suma, vivir, del español de hoy, tiende cada vez más a parecerse a la del británico o el alemán de toda la vida que a la del español de toda la vida.
Y si es cierto que ha habido puntos de inflexión, como la pandemia del coronavirus, que han acelerado determinados procesos, no es menos cierto que la tendencia ya estaba marcada desde antes de 2020. Una especie de foro de pensamiento humanista catalán el Ambito María Corral, tiene incluso en sus actividades desde hace muchos años, mucho antes del COVID-19, una cita mensual a la que llama Cena Hora Europea trasladando sin complejo ninguno ese trasplante de modelo de relación social a su actividad de difusión sociológica alrededor de una cena servida a las seis de la tarde. Quizás hace años un servidor dijera ante esa ocurrencia: “no lo veo”; ahora estoy convencido de que este grupo se presentará como un adelantado a la ola cuando todos cenemos a la hora en la que hace una década pedíamos el segundo café de la sobremesa de la comida y el gin tonic.
También sé que se me va a decir que esos horarios tan europeos, tan de sitios con poca luz y poco calor son mejores para el trabajador; que un camarero no tiene por qué estar aguantando hasta las ocho de la tarde a esta media docena de pasados de vino y copas por mucho que paguen a 150 el cubierto y que el personal que trabaja de 9 a 5 tiene más tiempo para organizarse y conciliar su vida familiar. Seguro que sí. Pero todas esas disfuncionalidades que nos va a corregir Bruselas, Estrasburgo o el sursum corda, nos habían hecho como somos: repentizadores, capaces de improvisar, adaptativos y tan responsables dentro de la rebeldía como rebeldes dentro de la responsabilidad. Todo lo que nos está raptando Europa.



