«Te aconsejo que sigas viviendo solo para enfurecer a aquellos que pagan tus rentas vitalicias. Es el único placer que me queda»
François Marie Arouet «Voltaire». Filósofo francés
Enrique RAMOS CRESPO Ilustración de CESARENE
Incluso antes de convocarse las elecciones, llevamos años viviendo en una campaña electoral permanente, pero una vez convocadas, y sin que haya que esperar a la noche ritual de cubo y engrudo, todos los partidos se han lanzado como fieras agarenas a la arena del mensaje electoral… pero sin pedir el voto directamente, que para lo que quieren son muy escrupulosos.
Con la vivienda, que pasa por ser el detonante de la convocatoria electoral, el otro gran tema que ocupa tertulias y tomas de postura de tirios y troyanos ha sido el del futuro de las pensiones.
Básicamente, el campo de batalla se divide entre los que creen que las pensiones en su formato actual son insostenibles y los que dicen lo contrario: que si como nos cuentan la economía va tan bien, somos los más sociales y no sé cuántas cosas más, que el personal viva más años y los boomers estemos ya entrando en la edad de dejar nuestro puesto de trabajo a gentes más jóvenes, no debería ser un problema.
Alguno de los políticos se ha atrevido a soltar aquello de que es necesario cambiar el modelo. Han sido un par de monosabios, a los que ante la tormenta que se avecinaba, sus primeros espadas se han apresurado a corregir asegurando que cuando manden ellos, por supuesto, las pensiones se mantendrán, se acrecentarán y el mundo manará leche y miel. Como no han querido desautorizarles del todo diciendo que “a estos muchachos se les suelta la lengua”, estos jefes se han limitado a decir que mantendrán las pensiones “como sea”.
Y es que hay miedo. Hay miedo a que casi diez millones de españolas y españolos (españoles, en suma) concierten su voto y vean en esas ocurrencias de andar tocando el sistema un peligro a su integridad jubilatoria y ante las urnas digan “a estos pipiolos, ni agua”.
Así, como suelen hacer en estos casos los políticos dicen lo que conviene para hacer lo que les dé la gana cuando estén en el poder: desde el “OTAN de entrada no”, al otanismo militante del PSOE al “bajaré los impuestos” pero pongo en Hacienda a Montoro para que los suba a las estrellas de Rajoy, el actual periodo constitucional español es pródigo en decir diego donde dije digo.
Reformar las pensiones, ya lo sabemos, supone meter a la iniciativa privada a esa gestión: la banca, como siempre, gana. Y un servidor, que aspira a ser futuro pensionista, reflexiona: ¿cómo le voy a dar mi voto a un fulano (o fulana) que aspira a hacerse con el control del Estado, pero no se ve capaz de garantizar los servicios que ha de dar? Alguien que se fía más de los bancos que de él mismo. Encima de los bancos, esos seres de luz y de filantropía que piensan en el bien común antes que en su propio beneficio. Algo así ya hubo en este país hace nada. Un fondo que el Estado cual hormiguita ahorró llamado “hucha de las pensiones” que llegó a tener 60.000 millones de euros. Cuando se rescató a las cajas de ahorro para regalárselas a la banca ¿cuánto costó el rescate? Justo: 60.000 millones. Alguien me va a decir que no eran esos 60.000 millones, que esos estaban en otro bolsillo. Pero estaban, se ofrendaron a la gran banca 60.000 millones y ahora no están. Cosa de magia.
Los contertulios cuñados que reciben palmadas en la cabeza como perros domésticos de esa gran banca, atizan con fruicción otro elemento que creen que les va a dar réditos en su cruzada a favor del capital: la guerra intergeneracional. Convenciendo a los que seguirán trabajando cuando los boomers se jubilen de que la razón de todos sus males es la pérfida ancianidad que ha construido el país que ellos heredan, aspiran a crear ese estado de opinión en el que lo políticamente correcto es decir que las pensiones son insostenibles porque somos muchos viejos y duramos más. Y se repite el mantra sin más análisis que la réplica monocorde de una consigna extraída de cualquier think tank lubricado con abundante dinero de la banca que sabe que hay que sembrar para recoger. Otra vez, como en Django desencadenado, donde el esclavo mayordomo no quería un caballo, sino que el negro libre no lo tuviera, no aspiran a pensiones dignas, sino a que la generación que les antecedió no las tenga.
Y lo cierto es que se está escatimando un tramo final de la vida de cierta dignidad a la gente que se ha dejado todo para que este país sea lo que es en el lugar donde prolifera el gratis total de autobuses, de viajes financiados a la otra punta del mundo a quien más tiene, de subvenciones a empresas de tronío, de corrupciones de toda sigla… Da la impresión de que ahorraremos en cerillas para gastarlo en prostitutas.



