J.J.A.PERANDONES – La tolva
No se creó nuestra Biblioteca, como la de Alejandría, por inspiración de las Musas, sino por empeño del primer y segundo regidores, Luis González y Jerónimo Álvarez, quienes restauraron, para tal fin, el pabellón de varones de la Casa Hospicio. Comparte con el desaparecido palacio egipcio de la sabiduría la veta clásica, al estar asentada sobre lo que fuera el límite sur del foro y su entorno, excavados en los pasados 90. Gusta estar en ella por el invierno, y ahora en verano, después de que, a primera hora, abran sus eficaces bibliotecarias un rato todas las ventanas, aireen la inmensidad de papel impreso y dejen algunas entornadas, contrapuestas, para que corra una brisa capaz de achicar cualquier calor sofocante. En verdad, si se fija uno bien, trátase de un bello edificio por el acierto en lo sobrio, con sus gruesos muros de argamasa con piedra, o bien de ladrillo aplantillado, y no exento de algunas filigranas; apto para atemperar la helada y, sin artefactos, el sol ardiente. A los que somos asiduos se suman, por épocas, los universitarios, y ahora los visitantes, como Alberto Delgado, Javier Huerta, Ángel Alonso y Manuel Tello. Si los bares cumplen una función social, la Biblioteca permite gozar, sufrir, otras vidas. Placer que continúa en casa, pues cada rato entran mayores y niños, que se llevan en préstamo publicaciones. Casi nada, en julio 946 libros y 52 audiovisuales. Prácticamente, mil ejemplares.



