Pasando el puerto – M. A. Macía
Aunque este año han sido menos que en otras nevadas también algún coche se ha quedado atrapado entre la nieve. El perfil es el mismo; ciudadanos que salen de viaje y son sorprendidos por la invernada que en minutos cubre la carretera y orilla a los vehículos. Antes, cuando no había coches, en invierno sólo salían de casa los obligados a abandonarla: pastores, porqueros, carreteros y desesperados sin tierras ni techo donde guarecerse. Todo podía esperar porque en la dimensión humana y débil de aquellos tiempos la nieve limitaba cualquier salida. Sólo había actividad alrededor de la lumbre mirando el fuego hipnotizante. Fuera nevaba y no había necesidad alguna de salir. Hoy, ya sin fuego en las casas, la nieve es para muchos una muesca en la navaja de las experiencias y son legión quienes no dudan en tirarse a la calle o triscar al risco más alto en cuanto cuaja. Hoy somos invencibles y, sin ganado que cuidar o necesidad imperiosa que atender, la nieve tiene la atracción del reto. Quizá para evitar frustraciones se crearon las quitanieves y los servicios de rescate. Facilitando a cada cual la posibilidad de satisfacer sus ambiciones más atrayentes. Cumplir su sueño. Con lo rompedor que sería poder quedarse en casa acunado por el crepitar de los leños y adormecido por el calor de la lumbre.



