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viernes, enero 30, 2026

Nombrador de borrascas. Oficio con futuro

La dominación de la naturaleza conduce a la dominación de la naturaleza humana – Edward Abbey. Escritor y activista ecológico estadounidense


Enrique RAMOS CRESPO


En este proceso obstinado del hombre por someter a la naturaleza, que antes que después se volverá contra nosotros como ocurrió con los dinosaurios, nos ha llegado desde hace unos años la costumbre de poner nombre a cualquier evento atmosférico que se salga, o tenga previsto salirse, ligeramente de lo habitual. Vivimos en estos días un tren de borrascas con nombre y son tan seguidas, que no sabemos muy bien si esta nieve es del final de Ingrid, de la llegada de Joseph o si este chaparrón es el principio de Kristin o si este viento es la cola de Kristin o la llegada de Leonardo.


Los que aún recordamos la tele en blanco y negro sabíamos que en esto del tiempo solo había dos principios fundamentales: anticiclón (preferiblemente de Las Azores) y borrasca. Así, Mariano Medina y Fernando Medina (que a pesar de su coincidente y no demasiado habitual apellido no guardaban parentesco alguno) nos vaticinaban el tiempo con aquel puntero metálico que brillaba incluso entre los grises catódicos y fijaban como si fueran post its (¿o tendrían imán? ¿o velcro?) unos ideogramas de dibujo naïf que representaban sol o nubes, según la predicción, en las diferentes zonas de la Península.


Con la exigencia de conocer el tiempo con antelación, a veces sin ningún objetivo claro más que saber qué ropa o qué zapatos ponerse para salir de casa como si no se pudiera sacar la mano por la ventana, los sistemas de predicción meteorológica se han depurado tanto que estamos aspirando a domesticarlos.
Como todo proceso de dominación de la naturaleza, tiene un proceso y un origen, acaso instrumental. En los lugares de costa, acostumbrados a lidiar con el tiempo bravo que sí les impide salir a la mar o les arruina el pescado puesto a secar, independientemente de cuándo llegaban se les llamaba igual: el temporal o la galerna.


Pero desde el siglo XIX, la necesidad de guardar memoria de los eventos meteorológicos devastadores abocó a que, en especial en América, se fueran nombrando huracanes. Primero se formó un santoral de desastres bautizándolos con el santo del día en que tenía lugar la catástrofe. Pero aquello no era muy práctico porque los huracanes se mueven y podían arrasar hoy un puerto y mañana otra población y claro, el santo del día anterior ya no era el del mismo. Así llegó un tal Clement Wragge, un británico pionero de la previsión meteorológica científica a quien su señora parece ser había dejado plantado y decidió nombrar los ciclones, ya que se había avecindado en el Pacífico Sur con nombres de mujer como una suerte de venganza. Su argumento también era profundamente machista: “como las mujeres, son impredecibles, cambian de dirección y provocan grandes males”.


Wragge murió en 1922 pero su costumbre siguió vigente, en especial con el perfeccionamiento de la predicción meteorológica que impuso la Segunda Guerra Mundial para asegurar las operaciones militares. Hasta que en 1975, el centro de huracanes de Estados Unidos aceptó, por la petición de una de las activistas del feminismo más célebres, Roxcy Bolton, empezar a nombrar a los huracanes con nombres masculinos y femeninos alternativamente.


Y si es verdad que los fenómenos atmosféricos en Europa no suelen provocar de manera tan recurrente los desastres que los huracanes provocan en América, en especial en el área del Caribe o los ciclones en el Pacífico, como lo importamos todo, desde hace unos años, los servicios meteorológicos de Europa suroccidental han decidido poner nombre a toda borrasca que merezca alertas de protección civil por lluvia, nieve o viento.


Esta retahíla de nombres se genera al principio de cada temporada por los servicios de España, Portugal, Francia, Bélgica, Luxemburgo y Andorra que acuerdan la secuencia en orden alfabético y alternando nombres femeninos y masculinos. Por eso sabemos que tras Kristin viene Leonardo y si hay otras en este invierno-primavera se llamarán Marta, Nils, Oriana, Pedro, Regina…..


Aunque tampoco es novedoso del todo. Los que tenemos una cierta edad recordamos un temporal que dejó un reguero de daños, incluso muertos, hace algo más de 40 años. Hortensia le pusieron y devastó Galicia, León, el norte de Zamora y el occidente asturiano. Se llevó al menos media docena de vidas, cortes de electricidad, de vías férreas y carreteras. Pero claro, aquél fue histórico. Desde 2017 hemos empezado a nombrar tormentas de medio pelo como si fueran aquella devastación y tenemos en la mente a Filomena porque Madrid estuvo cubierto de nieve algo más de 24 horas asimilando al apocalipsis toda aquella hipérbole de los medios de comunicación que emiten desde el interior de la M30.


Es como si quisiéramos, bautizando a cualquier borrasquita ligera como si fuera un doméstico gato de Angora decirle a la naturaleza: “ojo con lo que haces, que te vigilo y tengo medios para hacer que tu furia apenas me afecte”. Somos unos ilusos.

ENRIQUE-RAMOS-2

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