LA ESPADA Y LA PLUMA – Ricardo Magaz
Rita tiene los ojos verdes. A veces se le aclaran y adquieren una tonalidad casi esmeralda. Otras, no sé por qué, se le oscurecen y tiran a verde aguacate. Misterios que los felinos guardan para sí.
Nunca hubiera creído que pudiera tomarle tanto cariño a un gatín. Fue en agosto de 2023. Me disponía a arrancar el coche; escuché entonces unos maullidos en los bajos del motor. Desconcertado, me agaché y allí estaba ella: una cría escuálida, de apenas mes y medio, pidiendo auxilio con las pocas fuerzas que le quedaban.
Cuando la rescatamos, comprendimos que se hallaba en las últimas. La llevamos a casa y, luego, al veterinario. Con cuidados y paciencia, parecía que podría salir adelante.
Como no pensábamos tener otra mascota, ideé —¡pobre de mí!— un plan “piadoso” para darla en adopción. En esta misma columna de El Faro de hace tres años publiqué su historia y ofrecí mi correo a cualquier lector amante de los animales que quisiera acogerla.
Celebro de veras la ausencia de noticias. Rita se quedó en casa. Muchos días me despierta por la mañana y me observa con esos ojos verdes que cambian de matiz según la luz.
Entonces recuerdo aquellos maullidos bajo el motor y me asalta la idea de que quizás fue ella quien vino a encontrarnos.
Porque algunos seres llegan por azar, se quedan por cariño y terminan ocupando para siempre un lugar en el corazón.



