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viernes, febrero 27, 2026

Secreto ibérico

Como tienes el valor, yo que siempre me he dolido, de recordar lo que fue y lo que pudo haber sido.

Enrique URQUIJO de Los Secretos en La calle del olvido

Enrique RAMOS. Ilustración de CESARENE

Va a resultar que eso que nos dicen nuestros políticos de que somos una sociedad adulta y madura con nuestra hermosa democracia consolidada y doscientos piropos más, no se lo creen ellos mismos. Seguramente porque es una mentira enorme y redonda y es muy probable que, como hacen y no dicen, haya cosas que mejor no sepamos porque no vamos a saber administrar tanto conocimiento.

Esta semana que se va, el Gobierno ha decidido que después de 45 años ya está bien de guardar secretitos en reunión y vamos a contar todo lo que pasó el 23 de febrero de 1981, entremés y postre incluidos. La cosa ha sido “el parto de los montes” porque parece ser que no se han desclasificado todo el montón de documentos que hay sobre el asunto (dicen algunos); aunque tampoco se podrían desclasificar todos porque muchos fueron convenientemente destruidos ante el fracaso del golpe (dicen otros) y en todo caso, esta desclasificación documental acaba siendo como el VAR futbolero: en las mismas imágenes el forofo ve un pisotón y su némesis del otro equipo ve alguien que mete el pie debajo del del que pisa.

El asunto ha servido, al menos, para introducir otro tema de conversación en tertulias de los medios; no creo que tanto a ras de calle porque más de la mitad de los que vivieron aquello como espectadores conscientes ya están criando malvas y de sus protagonistas van quedando cada vez menos. De hecho, en un ibérico giro de los acontecimientos, el propio Tejero se muere el mismo día de la desclasificación. Es como si Berlanga y Azcona desde el cielo siguieran escribiendo el guión diario de este país.

Por eso la liberación de la condición de secretos de todos esos papeles está interesando más a los historiadores que a los periodistas, que en menos de una semana habrán disuelto esa espuma de la ola y buscarán otra. Y quizás sea un error, porque conviene saber de dónde venimos para tener cierta capacidad de saber hacia dónde nos movemos

Un país que ha abominado tanto de su pasado de cuarenta años de gobierno autoritario sigue rigiendo la manera de gestionar los secretos oficiales con una ley emanada durante aquel gobierno. ¿No quedábamos en que éramos una democracia madura y consolidada? ¿No es España una sociedad modélica que es capaz de afrontar de manera adulta sus propios fantasmas? Pues una de dos: o resulta que no lo somos en tanta medida como nuestros políticos nos dicen cuando nos hacen la pelota, o a lo mejor, en materia de secretos oficiales, el franquismo era la prez de la democracia y en medio siglo de diferentes gobiernos de diferentes signos nadie ha tenido la necesidad o el sentimiento de darle una vuelta a aquello. También puede ser que cuando estamos en la oposición lo queramos saber todo, pero cuando llegamos al poder y nos encontramos herramientas en el cajón, las usamos aunque estén manchadas. Que se lo digan al actual gobierno y la famosa Ley Mordaza, que ahí sigue perenne tras haberse hartado don Sánchez de decir que la derogaría al llegar al poder y va camino de ocho años en Moncloa.

La publicación de estos secretos, además, no deja satisfecho a casi nadie. Con los que están diciendo que no se ha desclasificado todo el turrón y que hay mucho más, están los que leen “pro domo sua” lo que se ha publicado. Invocando el mismo papel hay quien dice que Juan Carlos Borbón estaba al tanto de todo y como su bisabuelo Alfonso XIII a Primo de Rivera, dijo a los golpistas: “si ganas sigo siendo rey, y si pierdes yo no sé nada”, y quien dice que la documentación acredita que fue él quien frenó la asonada y que gracias a él tenemos el régimen político que tenemos.

Y es que los estados tienen sus cloacas y sus partes sucias. No estoy yo muy seguro de que, en realidad, queramos saber todo lo que hay debajo de nuestros pies aunque lo pidamos a voz en grito. El gran Bismarck, estadista de una talla que pocos en la historia han llegado siquiera a igualar, aseguraba que las leyes son como las salchichas: mejor no saber cómo se hacen. Seguramente un conocimiento del estado profundo nos llevaría a asquearnos aún más de cómo funcionan las cosas.

Al final, lo mejor, es dejar la historia en manos de historiadores. Y si pueden ser extranjeros, mejor: ningún nacional debería, en beneficio de la independencia ideológica, escribir la historia de su propio país porque en lugar de un relato de hechos les suele salir un manual de construcción del espíritu nacional de uno u otro sesgo.

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