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Diario Impreso Independiente de Astorga y sus Comarcas
viernes, septiembre 4, 2026

Teoría de la responsabilidad diferida o el arte de escurrir el bulto

El liderazgo trata de tomar responsabilidad, no de buscar excusas
Mitt Romney. Empresario y político estadounidense


Enrique RAMOS CRESPO – Ilustración de CESARENE


Tengo para mí, y alguna vez que otra lo he escrito, que el sistema autonómico que tenemos en España, es en realidad, una colosal maquinaria que sirve para que quien gobierna nunca tenga culpa de lo que pasa, pero, maravilla de las maravillas, sea capaz de atribuirse los méritos de las buenas noticias ignorando a quienes imputa la responsabilidad de las calamidades.
Lo pensaba y lo sigo pensando, pero en esta semana he visto que ese afán de “cargar el muerto” al de al lado es universal y ni siquiera tiene refugio en un sistema político o en una persona concreta. El presidente del Gobierno, encaramado a una entrevista supuestamente poco hostil en una radio y con un periodista teóricamente afines, dio unas explicaciones de lo que ha pasado y está pasando en Ceuta que resultan lisérgicas de puro alucinantes. Que don Sánchez ensalce a Marruecos como gran colaborador en la crisis migratoria que vive el enclave español en el norte de África, ultraja a la inteligencia más básica de los españoles. Un país policial como Marruecos, donde sus gendarmes condujeron y abrieron pasos de frontera a la turba que creía que había una “hora feliz” para avecindarse en el paraíso europeo ¿resulta que es ejemplar porque no sabía nada? Y ya, lo más chirriante del caso fue escucharle echar la culpa a Israel, a Rusia, al empedrado, a las redes sociales… Hay boxeadores noqueados que razonan con más sentido. Un servidor puede entender que si en lo que trabaja el Gobierno español es en que el mayor número posible de los que cruzaron indebidamente regresen en sentido contrario, no sea muy oportuno incomodar al Reino de Marruecos. Pero entonces, habría que citar al poeta: “si lo que tienes que decir no mejora el silencio, permanece callado”. Hablar por hablar lo hacen los cuñados en la cena de Nochebuena y la Inteligencia Artificial. A un político hay que pedirle algo más. De todos modos, con un tal Grande-Marlaska a los mandos ¿qué podría salir mal?
No es, en todo caso, privativo de las altas dignidades del Estado eso de escurrir el bulto: ¿que el paro va bien? Mañueco se encarama y dice: “qué bien lo hago” ¿Que va mal?, desde el mismo ambón al mes siguiente brama: “qué mal lo hace el gobierno”. ¿Que viene mucha gente a ver a Panorama? Aciertazo del ayuntamiento de Astorga, programador intachable de festejos vacíos ¿Que falta una ambulancia para asistir a un enfermo en el evento? Eso es cosa de la subdelegación el Gobierno. O de la herencia recibida. O de…. Pero claro, en estos casos, ya bajamos a lo mundano y hay una administración por encima a la que endosarle los debes mientras yo me apunto los haberes. Lo normal, vaya.
Quizás esta pulsión venga de lejos. Ya el general Franco tenía valetudinarias dianas a las que lanzar el dardo de las culpas: la pertinaz sequía, el bolchevismo, la conspiración judeomasónica y ya, más cerca de su fin, el “contubernio de Munich”. Sin embargo, hay que reconocer que desde la entrada de España en la Unión Europea, este arte de diferir responsabilidades ha alcanzado un nivel de depuración que sería digno de un grado universitario (regalo la idea, que hay mucho chiringuito universitario privado ayuno de nuevos títulos para sangrar a las familias a cambio de un diploma) .
Cuando se empezaron a repartir banderas azules con estrellas por ayuntamientos y comunidades autónomas fuimos conscientes de que mucha de nuestra autonomía gubernativa se iba a Bruselas o a Estrasburgo, pero es que de eso, se han aprovechado sistemáticamente nuestros regentes para vendernos motos diciendo que “yo no lo haría, pero lo manda Europa”. Y muchas veces es mentira o aún peor, media verdad. En aquel 1986 cuando rebajamos la frontera pirenaica nos dijeron: hay que cerrar astilleros, matar vacas, apagar hornos altos, arrancar viñedos, talar olivos, dejar las minas, vender empresas públicas… asumimos que tendríamos que buscarnos las habas de otra manera a lo que muchos habían hecho toda su vida. Pero resultó que lo que para nosotros era obligatorio según la grey política que nos pastoreaba, para el resto era optativo. Se privatizó Endesa porque por mandato bruselense los estados no podían ser empresarios, pero acabó en manos de Enel, la eléctrica pública italiana, se apagó el carbón, pero Polonia sigue con sus minas abiertas.

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