«La democracia es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos». George Bernard Shaw. Escritor irlandés
Enrique RAMOS CRESPO – Ilustración de CESARENE
La semana pasada el electorado suizo fue convocado a un nuevo referéndum, el enésimo de su larga historia como estado singular. Un partido de corte ultraconservador forzó esta curiosa consulta ya que preguntaba a los vecinos si querían o no que Suiza pasara de los diez millones de habitantes. Desconozco los intríngulis del formulismo legal del plebiscito y aunque sé que se envolvió de palabrería como “sostenibilidad demográfica” y “ecología”, la iniciativa era pura, y duramente, un dique contra la inmigración. La manera de plantearlo ya era chusca, porque ¿y si a los helvéticos de pura cepa les da ahora por procrear a lo loco, tienen en cada familia media docena de rubios alpinos y dentro de unos pocos años rompen el techo de los diez millones? La cosa no era tan simple y parece que los suizos de raíz estaban al margen de esa barrera. En todo caso, el referéndum se celebró y sus promotores lo perdieron, pero no por un margen brutal: un 46% de los votantes estuvieron de acuerdo con lo que desde fuera parece una astracanada.
Me recuerda esta fiebre plebiscitaria a un personaje del programa Vaya Semanita que en la televisión autonómica vasca lleva lustros haciendo sátira de la realidad de manera habitualmente acertada. Hace más de veinte años cuando las opciones abertzales (con diferentes nombres, HB, Bildu…) empezaron a ganar alcaldías, sus cargos públicos también tenían esa pulsión de preguntarlo todo a los ciudadanos. En aquel momento, Vaya Semanita escogió a uno de sus actores para encarnar a un nuevo alcalde “batasuno”, de un municipio rural pequeño, que ante cada problema, chasqueaba los dedos y decía: “¡referéndum!” mientras el actor que hacía de secretario municipal trataba con desigual fortuna de pararle los pies y hacerle entrar en razón.
Estos dos ejemplos, uno de realidad y otro de ficción, sirven para ilustrar el término que el teórico del derecho francés Georges Bourdeau (no confundir con su paisano y coetáneo sociólogo Pierre Bourdieu) bautizó como “Demolatría”. Vendría a ser como una sobredosis de democracia y trata de ejemplificar la manera en la que se sacraliza la voluntad popular a través del recuento. Muchos autores han señalado riesgos de esta tendencia; el primero es sustraer a la clase política de responsabilidades ya que ante una decisión compleja cuya repercusión deberían estar obligados a asumir, porque les va en el cargo, prefieren preguntar al pueblo.
Por supuesto, en la mayor parte de los casos, el pueblo está convenientemente inducido (véase el Brexit de hace diez años que ahora lamenta todo el Reino Unido diciendo que les engañaron con argumentos falaces para salir de la UE). Pero si vamos al despeñadero, a fin de cuentas, es lo que hemos votado. Aunque se suponga que el político tiene información que el pueblo no tiene y que el pueblo tampoco haga mucho por informarse “en fuente limpia” y prefiera que le engañen con muchas banderas y mucha música cargada de bombo en lugar de pararse a pensar y analizar.
Idolatrar el recuento tiene otro riesgo no menor: el aplastamiento de las minorías. Una consecuencia evidente de esta “plebiscitización” (palabra recién inventada, de nada Real Academia) es el corrimiento hacia lo mayoritario en detrimento de lo proporcional. En realidad, es una derivada de la dejación de funciones de las clases rectoras: buscar soluciones simples a problemas complejos seguramente porque los que mandan no tienen capacidad de abordar esa complejidad.
Y no vayamos a pensar que la afición por los referendos es solo cosa del ordenamiento helvético o de los guionistas de Vaya Semanita. Aquí, al lado, en San Justo de la Vega, se elevó a consulta pública si se quería batallar contra la instalación del CTR hace más de un cuarto de siglo. Ganó que la gente no quería el vertedero (que es lo que se ha demostrado que ha terminado siendo); el ayuntamiento hizo caso de la propuesta y se embarcó en una costosa pelea jurídica que le importó cerca de veinte millones de las pesetas circulantes en aquel momento. Pero el CTR está ahí con todos sus defectos, todas sus ilegalidades corregidas a posteriori a golpe de boletín y como uno de los monumentos al atropello sistemático y predatorio de la Junta de Castilla y León con determinados territorios.
Aseguran que en algún momento el estadista francés Charles de Gaulle dijo que la política era una cosa demasiado seria como para dejarla en manos de los políticos. Y con esta manía de preguntarlo todo, de abocarnos a elecciones toquen o no toquen o de repetirlas hasta que salga el resultado que conviene al que convoca parece que, efectivamente, los políticos quieren lavarse las manos y cargarle la responsabilidad a los ciudadanos en una singular maniobra de escurrir el bulto: nunca es mi culpa, nunca es mi responsabilidad
El neologismo “demolatría” es muchísimo más bonito, pero para quien no quiera usos tan finos, también hay un proverbio procaz acuñado por el saber popular: “coma mierda. Millones de moscas no pueden estar equivocadas”.



