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sábado, octubre 17, 2026

El retrete de las letras

Hay mucho que decir en favor del periodismo moderno. Al darnos las opiniones de los ignorantes, nos mantiene en contacto con la ignorancia de la comunidad

Óscar Wilde. Escritor

Enrique RAMOS CRESPO – Ilustración de CESARENE

Tres acontecimientos aparentemente inconexos de las últimas horas revelan bien a las claras el deterioro en el que está sumido en este país y en el mundo en general el oficio de periodista.

Un servidor no llegó a escuchárselo a ninguno de sus profesores, pero hace años se decía que muchos de los que impartían clases en las facultades de Ciencias de la Información, con el fin de bajarle los humos a sus alumnos solían decirles: “no se vengan ustedes arriba porque la mayor exclusiva de hoy es la que envuelve el pescado de mañana”. Hoy se puede decir que el periodismo es practicado por gentes más bien venidas abajo. Aquí mismo, en Astorga, el Ayuntamiento (no necesariamente el equipo de Gobierno ¿o sí?) ha decidido que no participa a los medios de comunicación de las convocatorias de pleno. Y la queja no es un capricho o una pataleta: esta Redacción se lo recordó porque en el artículo 229.1 del Reglamento de Organización y Funcionamiento de las Administraciones locales dice expresamente que la prensa ha de conocer tales convocatorias para su difusión entre el público que desee asistir a esas sesiones públicas. Pero ha dado igual; otro desprecio más a la prensa a la que se tiene como una “doméstica” porque nunca se queja: es una correa de transmisión de lo que quiere el poder (económico, político, espiritual…). La verdad no importa. En el caso del Ayuntamiento de Astorga es un clavo más en el ataúd de la relación con los medios de comunicación: convocatorias de ruedas de prensa formalizadas veinte minutos antes de celebrarse, ruedas de prensa “falsas” donde se remite una nota y un audio para evitar preguntas y repreguntas… Podría ser un mal de este ayuntamiento, pero no, como seguiremos viendo es un procedimiento común, al menos en este país donde a la prensa no es que no se le tema: ni siquiera se le respeta.

Hace unos pocos días el presidente de un equipo de fútbol, que además es un poderoso empresario, se enfrentó a periodistas y empresas de comunicación citándolas por su nombre. A Floren no le gustan las críticas. Vaya por Dios. Que se meta cartujo y que se borre del mundanal ruido. Lo peor es que no ha sido el primero: políticos de toda laya, en público y lo que aún es más grave, en privado, se han encargado de retorcer la realidad y decirle a un periodista lo que tiene que decir a su mayor gloria. No han sido uno ni cinco ni cinco mil. Es una norma en políticos, empresarios y cualquiera que piense que tiene poder. Da igual en Astorga que en Bruselas.

De esa manera hemos llegado al tercer episodio. Unos infiltrados en la sala de prensa del Congreso después de boicotear con sus procedimientos el trabajo de los demás periodistas, de una y otra tendencia, han perdido su acreditación para entrar a esa sacrosanta habitación donde nuestros padres de la patria se dirigen a los medios. Era obvio que semejantes provocadores no debían estar ahí ¿Quién los acreditó? Pues parece que una periodista muy aseñorada, responsable de la prensa del Congreso, que pensó en hacerse la simpática con gente de su cuerda y terminó por incubar el huevo de la serpiente dando voz a semejantes terroristas del verbo cuya competencia periodística lejos de ser mínima, es negativa.

Parecería que todo es culpa de una conjunción astral en contra de los pobres plumillas. Pero no. Nos lo hemos ganado a pulso. Ya hace años el novelista norteamericano Tom Wolfe (al menos a él se le atribuye) condensó en una frase el malditismo de este oficio con el famoso “no le digáis a mi madre que soy periodista. Ella sigue creyendo que soy pianista en un burdel”. A fuerza de dejarnos pisar nos hemos convertido en el felpudo perfecto. Somos como el perro que solo espera de su amo una palmada en el cráneo porque lo habitual es recibir estacazos y malos modos: cuanto menos frecuente la recompensa, más agradecida y buscada.

Pero cuidado, que aquí hay para todos. Si el oficio está hecho unos zorros, es porque es un reflejo de la sociedad que somos. Como decía Óscar Wilde, hace más de siglo y medio, y las cosas no han cambiado gran cosa, el periodismo es la tolva que recoge las opiniones de ignorantes que no son sino reflejo de la ignorancia de la comunidad. Como colectividad no somos mejores porque no hay mejores empresarios, mejores maestros, mejores periodistas, mejores jueces, mejores políticos…. Casi todos prefieren vivir en la ficción del gratis total. Pocos quieren pagar ya por información buena porque no aspiran a ser informados, sino a municionar su ideología con argumentos que, y eso es lo grave, si son falsos, tampoco importa mucho.

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