“Ninguna gota de lluvia cree ser culpable de la inundación”. Proverbio inglés
Enrique RAMOS CRESPO – Ilustración de CESARENE
Tengo para mí y lo reitero de manera frecuente, que las comunidades autónomas en este país (al menos las de régimen común, que son todas menos las forales vasca y navarra), son administraciones adolescentes. Como los chicos que salen de la niñez y quieren dinero para gastar pero no tienen capacidad de ganarlo, se lo piden a sus padres. Talmente hacen las autonomías que piden a la Administración Central mientras presumen de recortar los pocos impuestos que tienen autonomía para cobrar. Vendría a ser como el muchacho que presume de no trabajar y en lugar de eso saca pecho del dinero que le pide a su padre. “Ayer te di para comprar libros y para el abono del tren” (ponga sanidad y educación) “y hoy me vuelves a pedir” , dice el cabeza de familia. Y el joven responde “es que me lo gasté en unos litros y en el concierto” (ponga televisiones domésticas y obras innecesarias a favor de contratistas amigos) “y no me queda para los libros y el tren”.
El caso es que, como esa legión del acné, otra de las particularidades de estos gobiernos de taifas es que nunca tienen culpa de nada; algo que también suele ser común al resto de administraciones. Esta semana, el consejero contumaz de Medio Ambiente advertía que la falta de desbroces perimetrales que preserven en el verano de incendios a las aldeas y localidades más metidas en el monte, “son cosa de la Diputación”. Parece que solo de la de León, que es la única de la comunidad que no es de su partido. En el resto de este territorio parece ser que están primorosamente desbrozados los entornos rurales y han sido sus diputaciones amigas las que han ejecutado una labor medioambiental que, según él, no es cosa suya. Él está para inaugurar y para quedar bien.
Nada es nuevo en este mundo. Ya hace medio siglo, dos teóricos norteamericanos formularon la teoría de la responsabilidad difusa también llamada “Efecto espectador”. Darley y Latané describieron el esquema mental que pasa por la gente que, ante una emergencia o un acto en el que hay que asumir responsabilidades, nadie hace nada y sobre todo, nadie asume que tendría que hacerlo.
Es algo que, aunque las autonómicas sean su epítome, en general todas las administraciones tienen grabado a fuego en su razón de ser. ¿Descarrila un tren? Culpa del empedrado o del maquinista ¿Se desborda un barranco? El hombre del tiempo estaba borracho ¿Arde el monte? Que venga la UME. Es, en realidad, el mismo esquema mental del forofo: si mi equipo pierde, es culpa del árbitro
En este circo de la responsabilidad difusa entra no solo no hacerse cargo de los “marrones”, sino también atribuirse méritos que, de existir, no serían en absoluto atribuibles a quien los reclama. El pasado fin de semana una nota del Ayuntamiento de Astorga aseguraba que en el primer cuatrimestre del año había crecido el padrón municipal en más de un centenar de personas. Aunque incluso esos números han sido cuestionados, lo cierto es que en un municipio con saldo vegetativo neto negativo (muere más gente que nace), si el padrón crece es porque llega gente de fuera ¿qué gente? Extranjeros que ya vivían aquí y se han acogido a un proceso de regularización administrativa que ha sido criticado de manera procaz por muchos de la misma cuerda que el mismo que ahora saca pecho diciendo que aumenta el padrón. Personas que ya estaban pero ahora cuentan y antes no. Podríamos pensar leyendo la nota del Ayuntamiento que esto es la California del siglo XIX con aluviones de migrantes a explotar el oro que sale de las entrañas de la tierra, pero la realidad tozuda nos muestra empresas que se cierran en este paraíso astorgano que solo se ve de color de rosa desde dentro de los cristales del ayuntamiento. Con el mismo desparpajo canino que escarbo culpas para los lados cuando las cosas que debía hacer yo no están bien hechas, me apropio de unos números presuntamente positivos y los retuerzo para lanzarme flores que en absoluto me corresponden. A fin de cuentas, son mensajes que tienen sus destinatarios y comprándolos sin pestañear, no se sienten cómplices del desastre.




