SIN PASIÓN – Eduardo Sáez
Abro paraguas para soportar la que se me viene encima, pero no puedo por menos que contar lo que veo. La provincia adolece de una inflación brutal de museos. Hay museos de todo tipo: desde los más modestos a los más rutilantes; los que sobreviven gracias al dopaje del dinero público municipal, provincial o autonómico, y los que se montaron con un dinerillo de fondos europeos de desarrollo rural para albergar un carro chillón, tres aperos de labranza y una trébede tiznada y hoy están cerrados porque, en el mejor de los casos, si anda por allí, lo abre algún vecino.
Todos, absolutamente todos, se abrieron un día con pompa y boato; políticos de mayor o menor rango, prensa servil loando la grandeza de aquel fondo y mensaje rutinario y prefabricado: “esto estimulará el turismo en la zona”.
Pregunta ¿Hay alguna estimación del impacto turístico que han creado esos museos? ¿Alguien ha calculado esa sinergia en euros constantes? ¿O era otra milonga en vísperas electorales? Empezando por el famoso Musac, con apenas 25.000 visitas al año (menos que el museo del Chocolate de Astorga), la cantinela de “vamos a abrir un museo, que caerán turistas como maná a ver esta colección de botijos o aquellos llaveros” está ya gastadísima.



