Juan José Alonso Perandones – La Tolva
No está viniendo un otoño frío, pero los crisantemos herederos de aquellos de tallo alto, morados y amarillos, que vendían en ramos posados en la Plaza gentes llegadas del entorno, no acaban de abrirse en la huerta. Sin embargo, los rastreros de tupida copa, del tipo de los que abundan en las aceras de los supermercados chinos, veo que se muestran florecidos. Sucede que ya ha subido esplendorosa la luna llena, por el oriente, próxima al Crucero peregrino y del santo Toribio, al tiempo que por poniente llamean y se apagan jirones de nubes sobre el lomo del Teleno. Con estos ímpetus de luz en los cielos se nos anuncia que llegan Los Santos y la hora de acercarse al camposanto para repasar las lápidas donde colocar los crisantemos. Es lunes 26 por la mañana, y en el antiguo cementerio de 1835 familiares gitanos, como es habitual durante el año, rinden tributo a sus difuntos. Los cipreses, la capilla neoclásica de Carreño, la campana decimonónica cuyo badajo sirve a los funerarios para avisar al enterrador, los panteones, las sepulturas con sus esculturas, esas otras, olvidadas, labradas y rendidas…, y adosado, el cementerio ampliado en 1994 con uniforme estilo. Vamos unos y vuelven otros del rústico pozo, en el que logramos que el abollado caldero de zinc, con su cascabeleo por la cadeneta baje, y suba lleno de agua, para la limpieza. El domingo el camposanto será una senda de paseo y de flores.



