Pasando el puerto – M. A. Macía
Según dicen los que entienden las cosas que nadie comprende es completamente normal que los alienígenas no hayan contactado todavía con nosotros de forma notoria y a cara descubierta. Por lo bajinis y a escondidas es evidente que contactan con harta frecuencia. Sólo de unas cabecitas líquidas y amorfas como las suyas podrían parirse las ideas con las que se administra el mundo desde hace ya demasiados años. De haber contactado abiertamente -un suponer- descendiendo de sus platillos en La Garandilla podrían regresar a sus órbitas tranquilos tras comprobar la placidez aparente de nuestra civilización y lo ordenado de sus hábitos: que si el frutero los lunes, el bibliobús los jueves, la consulta viernes alternos y la misa en funerales y fiestas grandes. Una civilización tranquila preocupada por sobrevivir. Pero si ese descenso se produjera en cualquier ciudad de pelo y medio en campaña electoral, algo que estadísticamente es más probable que caer en La Garandilla, no resistirían la tentación de tener que elegir y pronunciarse por aquel candidato que subiendo la apuesta de sus palabras convierte los sueños en promesas y la compleja realidad en decisiones expeditas y rápidas. El extraterrestre abriría sus ojos, de tenerlos, y con sus manos imitaría los aplausos de los electores confiados en cambiarlo todo para que todo siga igual.



